Jose Barros

El Banco, Magdalena

Compositores

Personaje

 

José Benito Barros

Compositor

 

Lea José Barros y la melodía de un país, El Tiempo

  Enlaces:

La Piragua (Revista Arcadia)

Alberto Fernández y José Barros (El Espectador - 2015)
   
 


El Banco, Magdalena, 1915
- 2007

El más fecundo y versátil de los compositores colombianos, nació en el Banco departamento del Magdalena el 21 de marzo de 1915. Inició su carrera como vocalista. Fue durante largos años artista exclusivo de Toño Fuentes, para él grabó numerosas obras que se hicieron famosas en Colombia y el continente americano.

"El Guere Guere, Cipote Caimán, La Guerra Samaria, El Che Ismael, El Vaivén, La Rana, ¿Quién Estuvo Aquí?, Pita El Tren, El Morrocoy, Las Cosas De Vicentico, Tellevo Pa Magangué, En La Playa, Limoncito Limonero, Corazón Cobarde, La Llorona Loca, La Rosa Blanca, La Cama De Toña y El Pozo", son parte de los porros creados por José Barros, en paseos compuso "El Gallo Tuerto, La Pava, El Toro Embustero, El Hamaqueo, El Palenque, Anda Caramba, Cuchicheos, El Vaquero, De Que Lo Dijo Lo Dijo, Momposina, La Magdalena, Juana Manzano, Quiere Un Carrito, Si Paloma, Me Voy De La Vida, Las Pilanderas, Amor A Lo Colombiano y Nube Negra". Compuso un mapalé llamado "El Camaján", cumbias como "Quien Fuera Cumbia, Así Es Mi Tierra, Suenan Los Tambores, Patuleco, La Piragua, Alegre Pescador y Violencia", guarachas " Los Pesares De Tu Vida, Que Lata y La Niña Se Cayó". También creo chandés "Estás Delirando y Oyelo Bien". Meréngues tenemos "Ven Paloma, Adios Corazón, La Reina Del Monte y Arbolito De Navidad". Boleros como "Recordando El Pasado, Besito De Amor, Tu Carta y Pesares". El tango "No Se Que Pensar" y, el Bambuco "El Libro De Tu Vida" .

Esta es solo una parte de su extraordinaria producción, pues su álbum está formado por un millar de obras en variados ritmos en los que se destaca: el paseo, boleros, porros, bambucos, baladas, rancheras, tangos, cumbias, y tonadas chilenas, siendo todas ellas llevadas al pentagrama y al cancionero con armonía sin par, interpretadas por un sin numero de artistas de la talla de La Sonora Matancera, Charlie Figueroa, Tito Cortés, Carlos Vives, los Black Start, Bovea y sus Vallentatos, etc. por todo ello, Agustín Lara lo consideró como el más grande compositor de Latinoamérica, afirmación basada en la versatilidad de sus obras ya que no se limitó a un solo genero musical.

El maestro José Barros ha sido objeto de muchas condecoraciones por parte del gobierno nacional, es el caso que, durante la administración del Dr. Belisario Betancourt C., mediante el Decreto 109 de enero 18 de 1984 se le confirió la "Orden Nacional al Mérito" en el grado de Oficial que lo distingue con un prolífico Autor y Compositor de Música Popular. En el año de 1981 en el teatro Pablo Tobón Uribe de la ciudad de Medellín, la empresa privada por intermedio de la Organización Ardila Lulle, le otorgó el "Pentagrama de Oro José A. Morales" destacándolo como el autentico cantor de Colombia a través de un millar de composiciones que recogen las más variadas expresiones del folclor nacional convirtiendo varias de ellas en símbolos de la región del Magdalena y sus melodías han sido ampliamente difundidas en todo el mundo.

La Sociedad de Autores y Compositores de Colombia SAYCO de la cual es socio fundador, mediante la Resolución No. 20 de abril 19 de 1995 le confirió su máxima distinción, otorgándole "El Pentagrama SAYCO de oro".

Así mismo, el Congreso y la Cámara de Representantes han distinguido al maestro con sus distinciones en el grado de oficial en el año de 1999. Las anteriores son una parte de homenajes que ha recibido durante su larga vida de Autor y Compositor por resaltar no solamente a su noble e histórico pueblo natal, El Banco, enclavado a orillas del majestuoso río Magdalena el cual ha sido fuente de inspiración del connotado maestro, si no al folclor colombiano por todos los países del hemisferio.

Esto y mucho más encierra las obras del maestro, ya que examinando una a una, encontramos que, desde la primera hasta la última esta mezclada con amor, paisaje, tragedia, reminiscencia y todo lo rudo como magnificente que encierra la naturaleza. Es por eso que esta producción cada día que pasa, se multiplica y agiganta con esa fuerza eterna con que nuestros pueblos la conservan y la enseñan a sus descendientes, con la misma fe y devoción que sus mitos religiosos, especialmente en el litoral, puesto que habla del clásico racial costeño, huele a la fresca primavera formando el grueso cancionero tropical colombiano.

Tomado de www.sayco.org

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Jose Barros: un cancionero viviente 

por David Caneva

Más de 400 canciones, entre fandangos, sones, porros,
cumbias, joropos y hasta tangos, hacen parte del repertorio
musical del más fecundo y versátil de los compositores
colombianos. Es José Barros Palomino, nacido en El Banco,
Magdalena, hace 89 años. La Revista habló con él.

Saber dónde se encuentra el maestro José Barros es un enigma. Cualquiera que lo busque, comenzaría por ir hasta El Banco (Magdalena), su pueblo natal, para saber de él. Pero desde un reciente quebranto de salud, el maestro Barros se encuentra en el barrio Jardín, de Santa Marta, en medio de ese calor abrasador que lo mantiene atemperado en su vejez.

Aunque Barros Palomino no fue preparado musicalmente como sí lo fueron otros contemporáneos suyos, sus letras, a falta de técnica académica, están bañadas de amor, paisajes, tragedia, reminiscencia y todo lo enigmático de la naturaleza.  Es de destacar que esta capacidad de composición, cada día que pasa, se multiplica y agiganta, pues sus canciones se transmiten con la misma fe con la que se transmiten los ritos religiosos.

Y es que sus 80 años como músico y compositor no son fáciles de sintetizar, pues su arte traspasó las fronteras nacionales, al punto de ser considerado el Agustín Lara colombiano.

Las decenas de canciones que brotaron de su inspiración, han sido interpreta das por numerosas bandas y artistas que graban a diario su repertorio con diferentes y disímiles estilos musicales. La Revista logró esta exclusiva entrevista con el maestro compositor de La piragua, El gallo tuerto y Momposina.

La Revista: ¿Cómo se encuentra de salud? 

José Barros: Estoy bien, pero no tengo estabilidad. No me puedo sostener, ni puedo andar caminando por ahí. La mayor parte del día debo ir agarrandome.

L.R.: ¿Cuáles son sus éxitos musicales?

J.B. No. No. Las canciones que yo iba haciendo, todas eran éxitos.  La última canción que yo hacía, era la mejor.  Pero venían otras que superaban a las mías y así sucesivamente.  Era como una carrera.

El primer gran éxito mío fue una cumbia.  Sin embargo yo iba cambiando de ritmos, a porros, fandangos, y daba la casualidad de que las canciones que yo hacía, eran un triunfo nacional e internacional.

L.R.: ¿Sus letras son basadas en episodios reales vividos, anécdotas?

J.B.: No todo, algunas cosas eran inventadas.

L.R.: ¿Y aquella de la momposina, que causó revuelo cuando apareció una mujer que seria la perfecta dama de esa época y que tuvo un romance con usted?

J.B.: Esas historias se las han inventado ustedes los periodistas. (Se ríe).

L.R.: ¿Cuantas fueron sus composiciones?

J.B.: Ni yo mismo recuerdo ya la cantidad, porque empecé a hacer canciones desde cuando tenía doce años.

L.R.: ¿Existe una real polémica entre Sayco y usted?

J.B.: Sayco se fundó cuando yo estaba en Bogotá y acogió las canciones mías. Las publicó y las regó por todas las sociedades del mundo. Fue cuando empecé a ganar plata como autor, pues se enviaba dinero desde el exterior. Sayco me la ponía en un banco en Bogotá. Yo obtenía regalías de México y Argentina, donde gustaban mucho mis canciones.

L.R.: ¿Entonces no hubo situaciones confusas?

J.B.: No, nunca. Conmigo no.

L.R.: ¿Cuál fue su última canción?

J.B.: Dentro de esas últimas que escribí están La piragua y un pasillo muy famoso... No me acuerdo con precisión ahora.

L.R.: ¿Y aquel bolero que interpretó la Sonora Matancera, con el cantante cubano Bienvenido Granda?

J.B.: Ah, sí. (Cantando) Luna, tara ri tarar¡ ra...

Pesares es la canción que más recuerdo cómo la hice. Estaba sentado por la tarde en el muelle. Y empecé a recordar a la mujer mía de ese entonces, y allí sentado me la inventé, cogí papel y lápiz para sacar la letra y la música de algo que no es inventado, es puro amor, es un padecimiento real, fue algo que me pasó.

L.R.: ¿Cuál ha sido el elemento generador de la pieza Violencia?

J.B.: Pues, es una pieza que viene de esa época llamada de la violencia. Tiene que ver con mi iniciación en el conocimiento de los grupos fuera de la ley. Los pájaros, Los gólgotas, Draconianos. Inclusive, dijeron que por esa crítica en la canción me podían matar. Era un crítica general, con elementos que buscan la paz, para que llegara a todos los que se estaban matando.

L. R.: ¿Y el episodio de La piragua sucedió realmente?

J. B.: La piragua tiene muchas versiones. Te voy a hacer un relato histórico. Yo no conocía nada del país. Mientras toda la juventud salía a los otros pueblos, yo no conocía nada. Pero yo a esa edad tenía mucha plata. Cuando por fin salí a viajar por América, había dejado de lado la tierra por mucho tiempo, y cuando volví, mucho tiempo después, me bajé en el hotel de Gastón Lozano. Enfrente había un almacén grande de libros, con una señorita que se sentaba ahí. Entonces yo salía a la tienda a hacerme que compraba algo, pero era para ver a la muchacha, con la que terminé en amores y me casé con ella. Era Cindy Carrera. Ya después nos fuimos a vivir al centro y allí compramos una casa en la esquina grande, donde puso su almacén igual al que tenía antes.

Estando sentados ahí - yo tenía 40 años-, me hice amigo de un zipaquireño, Guillermo Cubillos, y me decía: Me gustaría hacer una canoa grande y ancha para llevar pasajeros de Chimichagua a El Banco, con toldo. Debería tener 12 metros de largo.

Un día llamé a Rigoberto León para que me acompañara con Cubillos a donde el viejo que hacía los champanes grandes y las canoas, a orillas de la ciénaga. Llegamos al taller, que tenía varios trabajadores, y nos presentaron al dueño.

Mientras conversábamos, preguntó qué canoa era la que Cubillos quería, y le dije: ¡Una de 12 metros! Y me dijo: ¿Cómo así?, Lo que quieres es un buque como el Titanic!... Dijo que costaría 1.800 pesos, Cubillos respondió: No importa, ¡hágalal ¿Cuánto se demora? Y respondió: Como un mes.

Terminado ese gran bote, uno de los 15 trabajadores del taller, que era un pintor, cogió la canoa, la brocha y le puso el nombre La piragua, sin saber siquiera qué era la piragua.

L.R.: ¿Entonces nadie le dijo que lo pusiera?

J.B.: No, nadie le dijo nada, sino que lo vio por ahí en algún lado, y aprovechó para ponerlo grande en un costado de la canoa.

Y así se fue la canoa para Chimichagua, y la gente en la ribera del río corría a ver semejante aparato y decían: Vamos a conocer La piragua, y así se divulgó.

Yo viajé en esa canoa y de ahí salió la canción que en mi inspiración comenzó: Me contaron los abuelos que hace tiempo/ navegaba en el Cesar una piragua/, que partía del Banco viejo puerto  a las playas de amor en Chimichagua... (Continúa recitando la canción).

Cuando esa canción salió en la radio, la gente me preguntaba si Guillermo Cubillos, el capitán, tenía un sobrenombre. La verdad es que era tan largo ese nombre, que todos lo confundían con Albundia, pero ahora no recuerdo cuál es la relación con la piragua.

L.R.: ¿Tenía momentos especiales para la inspiración?

jf.B.: No, aparecía en el momento. Por ejemplo, en los años 40 salió Mi gallo tuerto, "que cantaba en la cocina". Esa canción nació porque un trabajador del monte, que venía caminando conmigo por ahí, me hablaba de su gallo y su piqueria y la vaina. Y bueno, ahí está, yo le escuché el cuento y me salió de repente ese porro. Algunos me tratan de recordar que era un jovencito tuerto de El Banco, muy querido, que se murió después de que yo llegara al pueblo, 25 años después de mi partida.

Yo a los diecisiete años estaba componiendo permanentemente y gracias a varios autores estudiados en Bogotá; entre ellos poetas de El Banco, Ciénaga, Fundación, Zambrano, porque yo no pasé de tercero de primaria, pues no había plata. Sin embargo, la tradición de los Palomino es de mucha inteligencia. Un primo mío, eximio poeta cienaguero, tenía unas palabras modernas excelentes. Éxtasis era una de esas tantas, y entonces yo ponía la palabra éxtasis en mis canciones.

Por eso, aquí no había quien me arrebatara el campeonato de novias. En esa época tocaba la guitarra y les cantaba a las niñas, hace 65 años. Tenía como tres novias en todo lado, y cada novia sabía que la canción que le estaba cantando era exclusiva para ella.

Yo estaba componiendo desde los doce años y el primer tema que me grabaron fue en Lima, un tango llamado Cantinero sirva tanda. En esa época se tocaban tangos, boleros, rancheras. Yo no sabía hacer cumbias, ni porros, ni nada de esa vaina, pues era en ese momento música vulgar, pero luego serían mi trampolín a la fama y todos me llamarían "El señor piragua".

Tomado de La Revista de El Espectador, No.186, 8 de febrero de 2004

 

 

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Los cien años de José Barros

Por: Álvaro Morales Aguilar, Escritor del Caribe colombiano, director del Magazín del Caribe, en Bogotá

José BarrosDentro de la totalidad de los representantes colombocaribeños de nuestra vida musical popular, hay uno cimero, por encima de todos: el maestro José Benito Barros Palomino, nacido en El Banco, departamento de Magdalena, y fallecido en Santa Marta, capital de este territorio, el 12 de mayo de 2007, a la edad de 92 años, de cuyo nacimiento se cumplirán cien años el 15 de marzo del año próximo, sin que hasta el momento se conozca ninguna manifestación al respecto de la trascendencia y merecimientos de este compositor colombiano por parte del Ministerio de Cultura, ni de los organismos gubernamentales y culturales samarios, pese a su innegable notabilidad, que obedece, según mi punto de vista, a las siguientes razones:

A su versatilidad, a la cual le debemos obras clásicas de nuestra expresión musical caribeña, nacional e internacional, pertenecientes a los más diversos géneros musicales en los que espigó con acierto y trascendencia: la cumbia, el porro, el merengue, el tango, el pasillo, el bolero, la ranchera, el bolero, el bolero tango, el currulao, la tambora, la parranda, el paseo, el chandé, la guaracha, el corrido, el vals, el garabato, la balada, la balada rock, la danza, el merecumbé, el porrocumbé, la canción ranchera, el cumbión y el patuleco, como lo registra la completísima relación de su producción debida a los investigadores de nuestra música Julio Oñate Martínez y José Arcón.

A la calidad literaria de los textos de sus canciones, ungidas de una atmósfera poética y escritas en una forma lingüística cuidadosa, justa y llena de encanto en los versos en los cuales las facturó con esmero, aspecto poco usual en la música popular colombiana, pues fue un lector de Dostoievsky (algunas de sus hijas tienen nombres tomados de los personajes de las obras de este autor), Nervo, Rulfo y García Márquez.

Al sentido de medida, dado que la frase literaria de sus canciones concuerda con la “frase” musical, con la “línea melódica”, como me lo explicaran en alguna ocasión, sin que sobren ni falten ni letra ni melodía, en tanto José Barros superó el empirismo de muchos músicos de su época y estudió la teoría musical (solfeo, melodía, ritmo y armonía) específica de los aires musicales colombocaribeños y de otras latitudes de nuestro país y de Latinoamérica, y aprendió a ejecutar la guitarra.

Al carácter impersonal de sus creaciones, liberadas, en general, de megalomanía, arrogancia o hinchazón del ego, ya que José Benito Barros no hizo canciones para cantarse a sí mismo (excepto El negro maluco, para buscarle la pelea, como me lo confesó una vez, al gran Abel Antonio Villa, quien a su regreso de Argentina, en los años 40, gozaba de gran acogida en el ámbito del Caribe colombiano), ni para referirse a un mundo estrecho y cerrado, supuestamente único (defecto del llamado “vallenato”), lo cual hace de ellas obras desindividualizadas que trascienden el solar a pesar de estar inscritas en la vida local del Caribe colombiano (El pescador, El vaquero, El gallo tuerto, La momposina, La llorona loca, Te llevó pa Magangué, La piragua, Pesares, etc.), pues al decir de Unamuno, “la verdadera obra de arte es la que se impersonaliza”.

Jose BarrosA la dimensión universal de sus temáticas, que son, entre otras, el hombre caribeño de la orilla del mar y del río, la manera de ser del hombre que Orlando Fals Borda denomina anfibio, con sus oficios fundamentales y fundadores: la pesca, la agricultura y el comercio; sus condiciones sociales y espirituales de vida: la lucha permanente contra un medio hostil, sin pesimismos ni optimismos enfermizos, pero sí con la informalidad irreverente, desacralizadora y arrasadora de la solemnidad, de la que participan la risa, el humor, el chiste, la burla, todo ello colindante a veces con la ordinariez y la rusticidad del gesto, de la palabra y la pendencia sin rencores, la chanza, la alegría, la fiesta, el juego, la convivencia cordial, hermanada con la familiaridad, la amistad, la tolerancia, no exenta a veces de indiferencia, las leyendas, los mitos y la anarquía (pero también la disciplina), por encima y a pesar de las acechanzas, las frustraciones y los reveses, el sentido de vivir la controversia sin una amarga y letal actitud vengativa, etcétera, así como su comportamiento liberal frente al amor y la muerte.

Tanto es así el asunto de la universalidad de la música de José Benito Barros que en la Unión Soviética, cuando ésta vivió los tiempos del socialismo realmente existente allí, la cumbia El pescador se transmitió por la radio como una muestra representativa de la música colombiana y latinoamericana, en tanto su autor ha sido el músico colombiano de mayor reconocimiento internacional, nombradía reconocida en una entrevista, hace muchos años, por nadie menos que Agustín Lara, quien lo destacó como el mejor compositor musical de Colombia.

A la pulcritud profesional, ética y política de su oficio, pues José Benito Barros nunca puso su talento musical al servicio del oportunismo, ni del servilismo ante ningún gobierno o gobernante, para devengar de allí beneficios personales o familiares de corte económico ni burocrático, sino que sus canciones hunden comprometidamente sus raíces en la vida del pueblo colombocaribeño, en particular, y del pueblo en general, sirviendo, en ocasiones, también para expresar la protesta social, como aquella en la que se alía con los “reventados de la historia”, al decir del filósofo alemán Walter Benjamin, en nuestro país, a causa del amargo pan de la violencia que consumimos cada día, horneado en todos los rincones de nuestra sociedad injusta e inequitativa.

Conviene, para finalizar, traer a cuento la opinión del investigador musical Jorge Nieves Oviedo en la revista cartagenera Aguaita de junio de 2004, relacionada, por una parte, con el malsano reduccionismo a que las disqueras, por el afán del sobrebeneficio y la ganancia, han sometido las expresiones musicales del Caribe colombiano, sobreexplotando y deformando hoy día una de ellas (el tal “vallenato”, mejor “bastardenato”), haciéndole, de pasada, un daño irreparable a su calidad estética, musical, poética y textual, con menosprecio de la variedad y la riqueza rítmica, melódica y literaria de nuestro haber musical global. Por la otra, con la valía de José Barros y de otros importantes compositores, como Lucho Bermúdez, Pacho Galán, José María Peñaloza, por ejemplo, al “querer imponer una visión provinciana, amarrada a las posibilidades que durante algunos decenios han tenido las élites (de agricultores, ganaderos y hacendados) y los campesinos de la región del Valle de Upar, los ‘marimberos’ exitosos de La Guajira (y los paramilitares, A.M.A.) y los consumidores rasos del vallenato comercial (lo que) es un acto de soberbia que no sintoniza con las líneas históricas que han permitido el surgimiento de compositores y músicos tan importantes como José Barros, Lucho Bermúdez o Francisco Zumaqué hijo, quienes, además de cumbias, porros, paseos y merengues, han cultivado géneros como el mapalé, el bullerengue, el chandé, el pasillo, el bambuco, el bolero, la guajira y hasta el tango...”, juicio que, al respecto del compositor banqueño, reafirman las palabras del musicólogo andino Alberto Upegui, quien, ante la pregunta de Enrique Posada Cano en Lecturas Dominicales de El Tiempo del 15 de agosto de 2004, acerca de quiénes son los mayores compositores en la historia de la música colombiana, respondió que en “en el siglo XX, José Barros”, y que “La piragua es la mejor canción colombiana de todos los tiempos”. 

Tomado de http://www.elespectador.com/noticias/cultura/los-cien-anos-de-jose-barros-articulo-535577 , 2015

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