Pablo, el Rey del Porro Florez

Sinu

Compositores (El rey del porro)

Personaje

 

Pablo Flórez

el Rey del Porro

compositor, intérprete

 

 

 


Valle del Sinu, 1927

EL POETA DEL SINU

por Miguel Angel Castilla Camargo

Dice Leonardo Gómez que la primera vez que escuchó la voz de Pablo Flórez fue en viejos acetatos que recopilaban músicas del campo de artistas regionales. Su voz lo impresionó. Gómez está al frente de la agrupación bogotana Alé Kumá, un colectivo musical integrado por jóvenes investigadores de diferentes regiones del país para quienes las creaciones afrocolombianas han sido el gran derrotero. Tras visitar muchas veces a Pablo y convencerlo de volver a grabar esas viejas canciones, Flórez accedió. Alé Kumá tiene una particular sonoridad, producto de un formato instrumental que mezcla lo europeo, por medio del piano y el contrabajo, y lo africano con la percusión ancestral de las costas colombianas. A esa base se sumó la voz del juglar.

La conquista no fue fácil. El grupo debió escoger de entre una veintena de trabajos discográficos de Flórez, incluyendo uno que se comió el comején en un estudio de grabación de Montería, y entre más de mil composiciones, muchas de ellas grabadas por reconocidos artistas. Pablito recibió con una sonrisa la propuesta de grabación que le ofrecía Alé Kumá en su primer acercamiento en Bogotá a comienzos del 2005. Cuando vio que la cosa era en serio, no sólo sonrió, sino que recordó hasta a la única mujer que le produjo temor, una guerrillera, según él, "armada hasta los dientes" a la que enamoró a punta de versos. A Flórez, acostumbrado a ver sus canciones adaptadas a los formatos tradicionales de la Costa Atlántica, le costó al comienzo asimilar la idea de cantar acompañado de un piano y no de su inseparable amiga, la guitarra.

Cuando ya habían grabado la voz de Pablo, surgió lo inesperado. Según Leonardo Gómez,"un duende travieso que se introdujo en la consola para saturar la voz del maestro". Gómez añade: "Menos mal la complicidad y la amistad habían echado raíces y ello nos permitió grabar todo nuevamente y mejor".

El relieve de montañas poco pronunciadas y de extensos algodonales del medio Sinú anuncia la cercanía a Ciénaga de Oro, antigua cuna de los finzenúes, un pueblo influenciado por españoles y sirio-libaneses donde ser músico es un privilegio. En ese lugar se encuentra el principal referente vivo de la cultura local. Flórez es un abuelo de piel trigueña, humor fino, verbo elocuente y verso a flor de piel. Tiene 79 años y vive en una modesta finca ficticia llamada "La flojera", a la que le cambió el nombre en una de sus rabietas por "Comiendo fiao". Ése, dice, es su lugar predilecto para componer.

Pablo Flórez Camargo, un poeta de pocas pretensiones materiales, puede ser considerado el Rey del Porro en Colombia: es el gran amenizador de las fiestas cordobesas en las últimas cinco décadas, un soñador y nostálgico que no concibe su existencia sin música y que afirma emocionado: "La vida sin música sería un cementerio con muertos que caminan y miran, pero que no sienten." Pablo nació en Ciénaga de Oro. Recuerda que las cometas y los baños de todas las tardes en el caño de Aguas Prietas fueron, muy pronto, reemplazadas por un tamborcito que le había regalado su padre Pablo Flórez Barrera, un consagrado músico de banda de quien aprendió los primeros secretos de la música. Después de tocar en varias orquestas de Sincelejo y Montería como baterista, lo contrató Toño Fuentes para que fuera el percusionista exclusivo de discos Fuentes en Medellín. Allá grabó con Pedro Laza y sus pelayeros, con Francisco Zumaqué Nova, La Sonora Cordobesa y los Hermanos Martelo.

A Pablito, como le dicen muchos, le gustaba la música cubana y por eso pronto despuntó como compositor y guitarrista con el bolero Tan lejos de ti, dedicado a su novia Marcelina Causil, quien hoy es su esposa. Su letra confirma ese amor de décadas: "Tan lejos de ti / Me siento morir / Muy cerca de ti / Quisiera sentir / Que son el perfume / De una noche azul...". En ese entonces era un hombre de correrías amorosas, de amores desesperados. Uno de ellos, con Ninfa Isabel, la famosa Aventurera a quien después de una búsqueda in fructuosa le compuso: "Hace tiempo que ha salido de mi tierra / una mujer aventurera y no se sabe dónde está / se ha perdido de todas las carreteras / de todas las provincias, pueblos y ciudades...". Luego de los amores, compuso Los sabores del porro, una de sus canciones más importantes, y por la que es conocido gracias a las diversas versiones que se han hecho de ella. La canción fue revolucionaria y su compositor, desde entonces, se hizo defensor de un géne ro algo olvidado: "Mi porro me sabe a todo/ to bueno de mi región/ me sabe a caña, me sabe a toros/ me sabe a fiestas, me sabe a rod. Desde entonces, Pablo anduvo de pueblo en pueblo cantando y componiendo canciones entre las que se pueden nombrar La muerte de Marla Varilla (cumbia), Tres darinetes (fandango), Ojos turcos (merengue), Rosas de la tarde (pasillo), El entierro de Pablo Flórez (paseo) y El dolor de Marla (porro).

Con satisfacción por haber grabado el disco, Gómez dice: "Cada vez que escucho estas canciones descubro las melodías que aumentaron mi fervor por la música del Caribe y, especialmente, reconozco en ellas las palabras que evocan una nostalgia que se ha hecho mía." Por su parte, Pablo, con el humor que lo caracteriza, cree que aunque muchos "pensaban que iba a salir corriendo", él, a sus 79 años, les demostró que la música no sabe de edad. Ése es Pablo Flórez Camargo, el poeta del valle del Sinú, un hombre que toma los retos musicales como disculpas para seguir atado a ese Sinú, al que por mil razones rinde tributo diariamente.

Tomado de la Revista Arcadia, de Semana, No. 04, enero de 2006

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Mi porro me sabe a coco

Por Juan Manuel Roca y Alejandro Torres

Ahí está Manuela León. Con su bisutería, sus piñas raquíticas. Hace mucho dejó de pasar por el camino de la Chivera, en las tierras del Sinú, para vender mangos y comprar tabaco pero, de cuando en cuando, vuelve a rehacer el camino, vuelve a llegar a casa del compadre León, a verlo con el sombrero roto, el burro espantado y la suerte de labrador. Su andar está del otro lado de la muerte, pero sus pasos echan atrás el tiempo y decide contar su historia: Por el camino de la Chivera viene la comadre Manuela León...

Es el relato de Pablo Flórez. Son sus porros, sus paseos, sus cumbias y sus fandangos. En su memoria está la del cronista de unas tierras donde se cruzan lo imaginario y lo real. Sabanas en las que se encuentran, por el dictado de su voz, parranderos de marras, campesinos sufrientes o habitantes de leyendas. Los vivos, los que han dejado de existir, los que existieron y los que traza su imaginación. "Ocurre que todo el mundo se va muriendo y, de una vez, lo van olvidando. Aunque, a través de la rumba, quiero que estos personajes digan lo que fueron en mis canciones. Eso es lo que hago, un resumen de cosas para que permanezcan el día en que yo muera".

Ahí viene Juan Almanza. Las mujeres lo conocen y lo mandan a llamar. Viene con su pinta blanca, su don de mando en el baile y tantas ganas de parrandear como aquel que le dijo adiós a la tullida y más nunca volteó pa trás. Aquel que encontró una tal María Varilla, durmió en las corralejas en medio de fandangos, anduvo por fiestas interminables con su baúl de ceiba colorá y, ni aún después del cumbión organizado por María para su velorio, dejó de fiestear. "María, María Tapias según su nombre de pila, no era de Pelayo, era de Ciénaga de Oro. Su mamá, en las fiestas, hacía garitas para vender comida pero María, además de su historia de fandanguera, era una negra con aire místico y una gran bailarina. No bailaba con todo el mundo, ni tomaba trago. Ellas se trasladaron luego a Montería y, en fandangos que hacían todos los sábados, iban a buscarla siempre".

Viene, también, el negro coleador de caminar lento, sin abarcas en los pies, que estrella el toro, lo derriba, le soba el morrillo y lo deja quieto mientras todos lo miran con los ojos espantados con los que se ve lo sobrenatural. Ahí está la aventurera, con cara de ser buena, perdida por pueblos, carreteras y provincias. Si supiera que la quiero, volvería al pueblo Ciénaga de Oro. "En la época en que esta mujer aventuraba, yo tocaba en los burdeles con Filiberto González, Francisco Antonio Branco y Kike, un maraquero. Allí se encontraban los parranderos con las mujeres y allá llegábamos a tocar. Así ganábamos lo necesario para sostenernos".

Unos viven, otros han vivido y unos más jamás existieron. Pero todos llegan puntuales a la cita para rodear a Pablo Flórez. ¿Cómo dejar a este amanuense sinuano sin su testimonio desmedido, cómo prolongar sus vidas si no en estos porros que, cada vez, cantan sus tiempos ahora imposibles? Ahí están con él y con su voz inverosímil, que no parece requerir jamás de esfuerzo alguno ni de movimientos siquiera discretos: Mi porro me sabe a coco...

Este es Pablo Flórez. A sus 73 años guiados sin solfeo desde los 14, cuando empezó como baterista con los hermanos Sáez, conoció a Simón Mendoza, estuvo con Juanito Oviedo y Lucy González y grabó sus primeros discos cantando Juan Almanza y El negro Mestra. "En esa época llevaba ya la idea de componer. Empecé a inclinarme por esto desde muy niño, hacía cosas que no tenían fundamento entonces, pero que ya quean decir algo". Una música que desde sus orígenes ha tenido una clara influencia del son cubano, ese que "se le quedó a uno por allá, en el fondo, porque se oía en las vitrolas, no había otros discos y en Colombiano se prensaba. Luego vino la mezcla de estilos". Hasta ahora ha compuesto más de quinientos temas y grabado, contando lo que otros intérpretes han hecho, cerca de ochenta o cien.

Recuerda otros músicos, cercanos a sí mismo. "Tenemos uno que murió de lepra, Juan Sáez. En Sincelejo está Peyo Torres, folclórico. En Ciénaga de Oro hay mucho de eso, Aníbal Suárez, Filiberto González..."

-¿Y otras mujeres, además de Lucy González?

-Ella siempre anduvo con una hermana, Cruz del Carmen, con quien cantaba a dúo. Lo hacían bien, aunque Lucy tenía más vuelo artístico. Las dos ya murieron y ahora existe una muchacha, Aglaé Caraballo, un nombre único en su especie, que canta bellísimo.

Escribiente de rastros y espíritus que transitan de un lado a otro con su canto por las sabanas del Sinú. En su casa, mientras compone su propio entierro y pide la forma como deben sepultarlo, silba una tonada para que su sinsonte la complete sin equivocaciones. En Ciénaga de Oro, Córdoba, y en mucho tramo alrededor, puede ser este el único pájaro al que le llegan, aunque en broma, cartas de otros compositores pidiendo regalías por interpretar sus temas.

Pablo Flórez. Polifacético, componiendo en varias direcciones: su registro de la región, su trazo de la geografia o su palabra remota que habla serena de ecología, de naturaleza, de bosques, de temas "a mis ríos, al mar, a mujeres bellas, mujeres malucas, a los amores idos y a los amores que vienen".

Todos, para él, son historias, posibilidades de transmitir lo que siente a través de una canción. Y, quizás, son razones para explicar de alguna manera el increíble lugar secundario que ha tenido el porro en las músicas del norte del país frente al sello comercial de otros ritmos. "En especial, en el Sinú, el porro estaba sembrado en una sola parte. Lo hacían las bandas para las fiestas de corralejas, las galleras, cosas totalmente costumbristas. Como es corralejero, sus partituras han sido musicales, sin letra, no llevaban un mensaje a otros lares. Ese mensaje son las costumbres, las melodías. En cambio, el porro sabanero ha tenido más salida por el hecho de llevar una letra y una música quizá más sensible y expresiva. Son los porros de Juancho Pérez, Arturo García, Lucho Bermúdez -el rey de la gaita, que traspasó fronteras y fronteras a inclusive le compuso a Buenos Aires-".

Por esa razón este hombre y sus historias intentan salir y liberar al porro de ese "chapado de abandono". Ahora, Pablo Flórez adelanta conversaciones con una compañía británica para grabar un disco y lanzarlo en Inglaterra, Francia y España el próximo año.

Ahí está, acomodado en su silla, Pablo Flórez. Acompañado en su cita por Toña, Juan Almanza o los Tiempos idos, Los sabores del porro o la Fiesta vieja. Por la parranda y el festejo, por la crónica y el relato, pero también por la nostalgia y el dolor de temas como La cumbia está heri da y su aire de violencia: No suenan tambores, temen por sus vidas. Hay luto, hay temores, la cumbia está herida. Un baile trágico. "En mis composiciones, como en un crisol, reúno varias cosas. Debo tener unas quince en defensa de estas causas. Nos atacamos vilmente, le pegamos un tiro al otro, sin siquiera conocerlo".

Su lógica, sencilla pero aplastante, habla con su música de sinuanos que, en medio de la guerra, van por el camino detestándola, derramando llanto, cambiando el sombrero vueltiao por uno blanco, el saludo de va quería por lo impersonal, sin abarcas y con cara de espanto en paseos, en "paseítos".

Igual siguen, al lado suyo, La aventurera o La mona Julia, la parranda, el porro o el fandango, los "estilos que más pesco en este mar de ideas, porque siempre son dedicados a tipos parranderos de allá. Hay muchos caminos para la música".

Senderos emparentados con el pasado, con una tradición cultural cordobesa que incluye también el canto de vaquería, el guapirreo, la compañía de los sinuanos cuando andaban por las trochas. "En esa soledad, amenazados por culebras, con mucho frío, hacia Medellín, eran el único alimento melodioso que tenían. Ellos iban por su destino, recordaban nombres de mujeres, nostalgias... Aún hay una mujer, María de los Santos Solipá, que los hace y los presenta por la radio".

Su música ha ido cambiando con el paso de las décadas, desde los tiempos en que oía a los viejos de entonces contar sus relatos en los velorios: "Estera un tipo al que le gustaba gozar". Pero su porro sigue conservando el mismo aire, el mismo olor y Pablo Flórez ha logrado encontrarle un sabor. El que le han dado los caminos, los burros espantados o los sombreros rotos: Mi porro me sabe a caña, me sabe a toros, me sabe a fiesta, me sabe a ron.

Tomado del Magazin Dominical No.811, 29 de noviembre de 1998 

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Se fue Pablito, el de Los sabores del porro

Liliana Martínez Polo

Pablito Flórez (Pablo José Flórez Camargo, 1926-2011), el ‘Rey del porro’, pasó sus últimos años en Ciénaga de Oro (Córdoba), el pueblo que lo vio nacer, donde construyó una casa con sus propias manos y compuso incontables melodías.

. Las más famosas han sido grabadas por Totó La Momposina (es maravillosa su versión de Los sabores del porro), Iván Villazón, la Sonora Matancera y las bandas que cada año se disputan el máximo trofeo del Festival del Porro, en San Pelayo (Córdoba).

Una visita a Pablo Flórez no podía ser menos que inolvidable. Decía que componía cuando llegaba la musa y, en verdad, la musa parecía no abandonarlo nunca. "La gente cree que porque me ve quieto, estoy aquí descansando. Pero estoy aquí trabajando en lo que más me gusta hacer", decía.

En efecto, no hacía una canción cada día, sino que, a media mañana, podía ir por la quinta. La tarareaba primero, para dejar grabada la melodía, y luego iba la letra. "Es para los hijos", decía, pensando en dejarles una herencia, que está en baúles, en los viejos casetes, que fue llenando con paciencia.

Por eso, las mil canciones que le atribuyen pueden ser realmente pocas, en comparación con lo que quedó en su hogar de Ciénaga de Oro, donde mandó a pintar una finca imaginaria en las paredes, a la que bautizó ‘La Flojera’.

Cuenta la cantante Diana Hernández, voz del grupo María Mulata, que en algún momento en el que estuvo mal de dinero, Flórez mandó a quitar, el nombre de ‘La Flojera’ para cambiarlo por ‘Finca Comiendo Fiao’.

"Era todo un rancho pintado en la pared, con una cabeza de ganado y cachos. Me decía que esos eran los cachos que le habían puesto. Le repliqué que no podía ser, que la niña Maree (Marcelina Causil, su mujer) era un alma de Dios, y me dijo que no se refería a los cachos que su esposa nunca le puso, sino a los de La aventurera".

En su juventud, Pablito andaba de pueblo en pueblo con la guitarra bajo el brazo.

"La llevaba a veces atravesada en el pecho, cantándole a gente distinta: indios, blancos y negros. Como yo tengo una mezcolanza de razas de toda esa gente, me encantaba mezclarme con ellos", relataba.

Alguna vez, se destacó también como percusionista por los pueblos de la costa, hasta cuando dio con Antonio ‘Toño’ Fuentes, fundador de Discos Fuentes, en Cartagena. "Nos escuchó y nos vinculó para los primeros discos. Fue cuando él se trasladó a Medellín y yo fui contratado. Allí duré siendo baterista de todas las orquestas de ‘Toño’ Fuentes como cuatro años".

Y fue ‘Toño’ quien descubrió que él cantaba y que traía bajo el brazoun repertorio de innumerables creaciones. "Entonces llegó el pedestal, para que yo surgiera un poco, porque surgí mucho. Fui escuchado en otros terrenos, otras ciudades internacionales... Me sirvió mucho".

Y no es que hubiera querido demorarse en mostrar su talentosa voz: "Yo me estaba mostrando, pero no había gustado. ¿Sabe una cosa? Ninguno es rey en su tierra. Sí, porque la gente que sabe de eso no está aquí (en Córdoba). Aquí me cogían era pa’ beber ron conmigo: íbamos a las parrandas de los grandes compradores y vendedores de ganado y les fuimos haciendo sus porros".

Entonces, se acuerda de un clásico suyo, Roberto Ruiz. Y canta: "Por eso no te preocupes, que eso lo paga Roberto Ruiz".

"Ese era un parrandero. Para todos esos tipos hacíamos piezas. Ellos sacaban el billete y nosotros sacábamos las piezas", rememora.

Por eso, Pablito Flórez era ‘El rey del porro’ desde mucho antes de que el Ministerio de Cultura, en el 2008, le diera el Premio Nacional Vida y Obra.

Como músico y compositor, estaba en el podio de las leyendas. Tanto así que el Festival del Porro, que cada año se celebra en San Pelayo, población cercana a Ciénaga de Oro, abrió una categoría de concurso en su honor. Y allí también lo aplaudieron muchas veces, como participante y como invitado.

"Concursé cinco veces y gané esas cinco veces seguidas -decía-. Pero, como no me dejaron participar otra vez, les di mis canciones a otros tres intérpretes, y también ganaron".

De Pablo Flórez hay mucho que recordar. En el 2009, cuando lo entrevistamos por última vez, hacía gala de su ingenioso sentido del humor.

¿Cuántos años lleva con su señora?

Desde pelao. Ella tenía 12 años y yo tenía 17 cuando comenzamos con los amores callejeros. Nunca pensamos que iba yo a tener 82 años y seguiríamos juntos, a pesar de que tuve otras aventuras. Me tocó hasta salir huyendo de aquí porque me iban a casar con otra. A las mujeres les gustan los cantantes. Pero a ella no pude quitármela del medio, no sé qué me echaría.

¿Cuántos hijos tienen?

Bueno, nosotros no tenemos ninguno, porque todos cogieron camino, pero ayudamos a producir siete.

Tomado del periódico El Tiempo, 16 de diciembre de 2011

 

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