Santiago Cardenas Arroyo

Bogota

Pintores

Abstracto, Bodegón, Figura Humana, Figura

Santiago Cárdenas

pintor

CRITICA

por Pierre Courcelles

La presencia de Santiago Cárdenas en la FIAC con la Galería Garcés - Velásquez data de 1980, aun cuando no fue ese su primer paso por París. Ya en 1971 había participado en la Bienal de los Jóvenes y en 1974 había expuesto en la Galería 22. Es poco para que haya quedado memoria del trabajo de este artista. Su formación y su trayectoria son de las más interesantes en la vida artística colombiana de nuestros días, cuya vitalidad y riqueza apenas empiezan a conocerse en Francia.

Cárdenas, nacido en 1937, presentó en la FIAC de 1980 obras señaladas por un gran rigor de construcción y una economía que color que podrían clasificarlas en la categoría de obras conceptuales o minimalistas; pero esto sería no ver lo que constituye el fundamento del pensamiento artístico del pintor. También había tomado parte en la sección hiperrealista de la VII Bienal de París, sección dirigida por Daniel Abadie, Jean Clair y Pierre Léonard. Es posible que en esas dos ocasiones Santiago Cárdenas respondiera a las solicitaciones de la época y a los problemas que él mismo se planteaba en relación con lo que le inspiraba su trabajo y su reflexión sobre la realidad de la pintura.

En el curso de estos años se ve bien que el pintor busca, no tanto desarrollar un estilo, como desarrollar una manera de investigación plástica en que las sugestiones de lo real como las del objeto elegido entre lo cotidiano por su valor simbólico o irrisorio lo mismo que los imperativos de lo sensible y de lo imaginario desempeñan papeles a veces contradictorios pero que en su conjunto tienen como objetivo la "verdad" del objeto pictórico; busca y demanda que, como Cárdenas, lo sabe con certeza, no dan respuesta alguna satisfactoria para el pintor en su oficio. Sabe igualmente que son otros actores en la vida artística los que sí tienen respuestas preconcebidas para los interrogantes de los pintores, o por lo menos se creen obligados a elaborarlas: los críticos, los mercaderes, los conservadores de museos, aquí en Francia o allá en Colombia.

Por circunstancias particulares de familia, Santiago Cárdenas se encontraba a los diez años (en 1947) viviendo en Nueva York. Allí se formó y no regresó a su país natal hasta 1965. Tenía entonces 28 años. Es decir, que su formación se empapó en la rica posguerra artística neoyorquina: Pollock, De Kooning, Gorky... Estos dos últimos son los que lo impresionan. Por lo demás, su formación artística universitaria se desarrolla bajo el signo del impresionismo, de Matisse y de Picasso. Dislocación cultural a la cual es preciso agregar la de su origen "latino" que lo llevarán a una exploración estética y formal de que nosotros en Europa no podemos tener en absoluto conciencia. Porque ¿qué pintor o qué artista nuestro se vio jamás en medio de semejante disyuntiva, estando en juego de un lado Europa, dominante por la historia, y de otra América, dominante por su dinámica? y siendo él en cierto modo el árbitro, con su arte y su especificidad por defender. Uno no elige el papel en que representa lo que uno es ni aquello a que lo llevan en el bosque del arte.

Santiago Cárdenas ilustra en su país lo que en Francia todavía nos cuesta mucho trabajo entender: que el arte no se hace de ingenuidad pese a que la historia de nuestro propio arte nos lo ha hecho saber en los últimos siglos, dominados por Italia. El practica una estrategia artística de busca y exploración que aporta elementos de cuestiones culturales al campo de lo que es o no es nacional o internacional. El campo de la cultura artística no es nada menos que una historia universal (del arte), con diversos grados de asimilación, es cierto, según el país, según los momentos, según las políticas. Pero ese campo es global y continuo desde que existe el hombre. Y esta noción, esta realidad, son más vivas, más intensamente vividas en la América Latina tratándose de las prácticas artísticas contemporáneas. No es por azar que leemos a García Márquez como si fuera de los nuestros; un Proust moderno de allá y de aquí.

Cárdenas, después de una pintura gobernada por la especulación intelectual y la pertinencia de las ideas, aunque no por la literatura; después de la austeridad y la economía, muestra en esta FIAC lo que podría ser una ruptura, pero que en realidad no lo es. Este desbordamiento de lo pictórico y del color en todos los estados de sus recursos afectivos, sus referencias históricas, no son otra cosa que el resurgir de la cultura artística del pintor entre Matisse y De Kooning pero según una sensualidad de la cual Cárdenas es el único depositario y según una cultura de la cual Colombia, país de pintores, es garante.

La cuestión del nacionalismo en el arte es bastante más compleja y más rica de lo que se imaginan los "protectores" de la actividad artística. Porque el arte está en todas partes en todas sus formas. Basta con saber ver. Cárdenas ve y no se contenta con mirar.

PIERRE COURCELLES, Agosto 1988

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Nacimiento de un nuevo mundo

por Hollman Morales

Recatado y niño bien, por carencia de juguetes suficientes su padre les enseñó —a él y a su hermano Juan- - a hacer pajaritas de papel a lo Unamuno. "Tijeras en mano, fabricábamos ejércitos de soldados y caballos que después coloreábamos, uniformábamos, enjalmábamos. Ahí nació la afición por el dibujo", dice desde sus ojos de seminarista arrepentido.

Se fue con su familia a Norteamérica, a Nueva York, cuando contaba diez años de residencia en la tierra y allí, mientras los demás niños gozaban del fútbol, del béisbol, de la televisión, Santiago y Juan visitaban centros de arte, se extasiaban con "La feria de los caballos", de una pintora del siglo XIX, que está en el Museo Metropolitano, e intentaban imitarla con sus lápices infantiles y sus papeles indefensos.

Cuando no estaban en los templos de la cultura, se iban cargados de caballetes, óleos y pinceles, a copiar la naturaleza, bajo la lluvia, peleando las telas al viento, arrancando zancudos despistados del lienzo y gozando del aire libre. "Hacíamos todo esto como cosa natural, sin pensar en que seríamos artistas, carentes de seriedad, como un juego", afirma.

Decidió ser artista, pero sus padres lo convencieron de que escogiera una carrera "lucrativa". Entró a la facultad de arquitectura de una universidad, desertó a los dos semestres e hizo estudios en Rhode Island School of Design, donde se sintió frustrado porque dejó de ser estrella entre los demás estudiantes que él, ahora, considera eran superiores a su talento.

Cuando se graduó en esa institución, fue llamado al Ejército, donde cumplió servicio durante casi dos años. Como recurso para retornar al Everfit, logró seguir postgrado en Yale University, donde barría los salones después de clases, a cambio de una beca. Para comer lavó platos, sirvió mesas y habitó un sótano sin calefacción propia ni aire acondicionado. Un día —a los veinticuatro años de edad— notó que la soledad lo aprisionaba y decidió regresar a Colombia, donde ya estaban sus padres.

"Descubrí en nuestro país mayor riqueza, multiplicidad de paisajes; me gustó el despelote nacional, la arbitrariedad, el sentido de la amistad, el calor humano y la posibilidad de pintar como se me diera la gana", sentencia en esta cafetería, ante la indiferencia de los meseros, mientras muerde un pastel.

Entonces se quedó e inició unas obras que mostraban autos y chicas con gafas (evidente norteamericanismo traído de los pelos), que Marta Traba llamó "cuadros pop". Para Santiago Cárdenas "el arte debía conmover a la gente, no convertirse en una cosa, ahí, para colgar. Era necesario que fuera dinámico, incluso molesto para el espectador. Y como la gente entonces (en los sesentas) le comía mucho cuento a lo sartorial, vestía chaleco negro y camisa blanca, haciendo de Bogotá un mar negro de habitantes, di vida al paraguas, como símbolo", cuenta, con una taza de capuchino en la mano izquierda.

¡COMO VA A SER!

Entonces se metió a dar clases en la Universidad de Los Andes, andando de tiza hasta las orejas, frente a tableros donde hacía figuras explicativas, hasta que, sin saber cómo ni cuándo, "consideré que eso de los tableros era más importante que los mismos cuadros que pintaba y se me ocurrió dar vida a una de esas pizarras, como un reto", dice con esa calma habitual.

La pintó, pues, en formato pequeño y la dejó por ahí. Días después fue a vaciarlo su hermano Juan. Le dijo que su pintura se había convertido en una cosa floja y débil. "Debieras pintar algo como ese tablero que tienes ahí", le indicó. —Eso es un cuadro, le contestó Santiago. " ¡Cómo va a ser! ", replicó el hermano-crítico.

Siguió con los tableros porque "me di cuenta de que la gente no los aceptaba, que eran agresivos y eso me gustó", narra con aire picaresco. Después los pintó de cualquier color y se convirtió en el señor de los tableros. Más tarde les agregó paraguas y bocetos, trazos como de clase, "doble ilusión de la ilusión. Con los objetos agregados enfrenté realidades, creé lo absurdo de la realidad", cuenta.

Hasta que, después de consagrarse con esas figuras, "me di cuenta de que el arte, mientras no sea un reto, no puede ser arte. La repetición de la repetidera no puede llevar emoción detrás de sí, porque no hay un esfuerzo que desarrolle una vitalidad al pintar", explica.

Nació así la novedad que expone, en parte, en la Galería Garcés Velásquez. Se trata de unas figuras que insinúan damas bailando, señoras con hijos, parejas, de colores vivos, una ruptura absoluta con todo lo anterior, el nacimiento de un mundo nuevo en Cárdenas,

Todo esto gracias a que "llegué a entender que no se trata de pintar la figura humana tan real, sino de la esencia de la vida que tiene la figura", concreta, mientras su mirada presente vaga en el futuro.

Tomado de la Revista Cromos No. 3619, 2 de junio de 1987