Adriana Maria Duque Cardona

Manizales, Caldas

Fotografos

Figura Humana

 

Adriana María Duque Cardona 

http://www.adrianaduque.com/ 

fotógrafa

 

Adriana en las ciudades

En Alicia en las ciudades; de Win Wenders,  el protagonista anda con una cámara Polaroid "que no puede beber paisajes", porque éstos están ahí y resulta casi imposible capturarlos y congelarlos. Cómo aprehenderloa y darles su permanencia? Asunto complicado que no le interesa solucionar al cineasta alemán, ni a la artista Adriana Duque que trabaja el paisaje.

Tanto en Wenders como en Duque aparece una Alicia, una primera que se unta de aeropuerto, del cemento de ciudades como Nueva York o Amsterdam, y una segunda entre pastizales caldenses con olor a páramo y sabor a café. En ambas se sugiere la Alicia de Levvis Carroll. Pero también aparecen otras imágenes repetitivas, que están en unas atmósferas verdes muy particulares. Niños con sombreros de papel y vestidos que la artista crea y diseña. Ambientes espectrales, casi siniestros que en seguida lo. remiten a uno a la infancia.

Es la percepción de ese niño que habita a Duque, con aspecto cruel e inocente le preguntamos a la artista, "como si de cada una de esas imáge nes saliera un signo que estuviera interrogando al otro", contesta también de una manera cruel e inocente.

Alicia a través del paisaje

Para la curadora de la esposición, Carmen María Jaramillo, "en la clonación de la figura puede leerse un juego con el concepto de identi dad. Tradicionalmente se ha considerado que sólo es posible terier una percepción unificada del cuerpo al percibir su imagen en el espejo".

No es Alicia a través del espejo como en Carro ll, sino una Alicia a través del paisaje que mediante su proceso metamorfosea esa realidad. De esta manera saca a la fotograña de su función de registro. "Nunca me he interesado en pérseguir facetas o imágenes directas si no tengo la posibilidad de transformarlas y de incluir mis propios , `fantasmas, como si , de alguna manera quisiera integrar la pintura con la fotografía", aafirma Duque.

Pem son fantasmas como los que dibuja la pluma de Édgar Allan Poe, cargados de sensualidad, imágenes que se desdoblan, espectrales, fantasmales. La imagen que tiene el don de la ubicuidad y que en esta obra gracias a la ficción se transforma y se reproduce.

El color también tiene mucha fuerza en los paisajes, "el verde parece robarase todo el trabajo. Es un color que comienza a tomar nuevos significados. Para mi el paisajé representa el afuera, no es un ente objetivo sino subjetivo", anota Duqué mientras los paisajes pasan por sus ojos.

Así, los paisajes y los niños entre crueles y dulces generan rigidez. Ahí estarán estáticos, pero generando nuevas lecturas para el espectador que se asome con la misma inocencia de los niños o con la crueldad de las atmóaferas. `Adriana en las ciudades con sus grandes lienzos fotográficos, dejará ver a través de sus paisajes con intervenciones digitales sobre estas fotogragas algo de su infancia que dialoga, vuelve y seduce.

De su exposición en la Alianza Colombo Francesa

Tomado de El Espectador, 29 de marzo de 2001

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Un recorrido entre cuentos y fantasmas 

Las historias infantiles adquieren otra dimensión en las fotos de Adriana Duque. Escenas cuidadas y un trabajo digital dejan las obras al borde de la realidad y la fantasía.

Los niños de las fotos de Adriana Duque miran como ausentes del mundo real. Vienen de cuentos como Caperucita Roja o Blanca Nieves y así están vestidos, aunque casi siempre estén al lado de trabajadores del campo muy colombianos, en una casa de tapia vieja y oscura.

Hacen parte de 11 obras cuidadas al extremo en el vestuario, la iluminación y el escenario, tomadas con cámara análoga y trabajadas digitalmente por Duque. Ella las iluminó y oscureció de tal manera que por momentos resulta inevitable pensar en una pintura.

En `De cuento en cuento, exposición que hace parte de Fotología 4, cada cual verá lo suyo. "Algunos -comenta Duque- han hablado del trasfondo social, del contraste de la opulencia del traje de los niños con la sencillez del espacio y del vestido de los adul tos". Pero hay algo fantasmagórico que coloca la obra en el límite de lo real y lo fantástico. No queda más que preguntar en ese tono.

¿Los niños en este trabajo son fantasmas?

Sí.

¿Los adultos saben que los niños están ahí?

Sí, pero intentan ignorarlos. Los niños son de cuentos, inmemoriales y por eso inmutables, y los adultos son de un cuento vívido que se deteriora. Son de dos dimensiones.

¿Por que están tristes los niños?

Más que tristes, están ausentes, impávidos, suspendidos. Un fantasma no ríe.

¿Estos niños saben que son fantasmas?

Cuando un fantasma entra a la casa y ve a los dueños cree que los dueños son los fantasmas.

¿Hay sensación de abuso a los niños en estas fotos?

Los cuentos son la historia interminable en la que los adultos abusan de los niños.

¿Estos fantasmas saben que les está tomando fotos?

Ellos saben que les estoy tomando una foto y me conocen.

Tomado del periódico El Tiempo, 26 de agosto de 2005

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Premio a la sagrada familia

Por Luis Fernando Valencia

Desde la primera vez que se observa una obra de Adriana Duque, inmediatamente surge un desconcierto. Y ahora en su serie Sagrada Familia, este fenómeno se acentúa. Esta extrañeza aparece, en primer término, porque los personajes son nuestros contemporáneos, pero su actitud no pertenece a nuestro momento actual. En los retratos de grupo que se difundieron durante todo el siglo XX y lo que llevamos del presente, Las personas que posan para el fotógrafo están unidas, forman un bloque compacto como una unidad visual y todas miran a la cámara. Por eso, cuando apreciamos las obras de esta serie, Las personas están diseminadas, solas o en grupos, y Las miradas se dirigen a diferentes puntos del espacio y algunas van directamente al fotógrafo. Es indudable que Adriana Duque apela al espacio barroco del siglo XVII, y a través de unas lúcidas operaciones artísticas, ese espacio histórico queda palpitando en nuestra actualidad.

Otro aspecto que siempre ha si do recurrentemente intrigante en la obra de Adriana Duque es el aire de irrealidad que rodea todas sus escenas y, también es necesario afirmarlo, que se repite en la serie actual. ¿Por qué si los personajes son revestidos de una realidad tan tajante y de arquetipos tan identificables siempre nos queda la duda de su existencia cotidiana? Si de hecho la fotografía es la captura de un instante que queda sus pendido en un eterno presente, y a esto se agrega que la artista, antes de presionar el obturador, ya ha detenido a sus sujetos, ya los tiene inmóviles, entonces una realidad subrayada pierde su noción como fluidez de lo real y queda irremediablemente en el terreno sub-real. Es ahí donde se levanta la intriga de sus obras, el misterio del espacio, la incertidumbre que nos asalta.

Otra circunstancia ineludible es la ambigüedad que irrumpe en todas sus obras. La ambigüedad es ese atributo por medio del cual no podemos precisar si algo es esto o aquello, si también puede ser las dos cosas nombradas, o si podría existir como una significación múltiple. La pequeña niña engalanada con un vestido como sacado de un cuento victoriano de Lewis Carroll, también podría marchar por el bosque encantado de Caperucita Roja, o simplemente exhibir su atuendo para ira la misa dominical de su pueblo. Frente a la claridad que exigía el arte moderno, Adriana Duque adopta la ambigüedad, más cerca del pensamiento contemporáneo, y la vaguedad que complejiza la escena, donde los personajes adquieren una multiversalidad inquietante.

¿Si vemos un señor que es el padre de familia por antonomasia, la madre como madona por excelencia, la joven independiente que se perfila prematuramente problemática, qué maniobra realiza la obra para liberarse de este exceso de elocuencia? La respuesta es indudable: el espacio. Nosotros, como espectadores, observamos a distancia, la artista no nos permite " lanzarnos sobre la presa", esa lejanía convierte lo patético en encantamiento, lo verídico en verosímil y lo enfático en sugerente.

Desde Las Meninas sabemos que lo que sucede en el cuadro real es tan importante como lo que acontece fuera de él.

Si todas las miradas tienen diferentes direcciones hacia un exterior de la obra, entonces se convierte en un recurso que le resta vehemencia a la escena y la enriquece trasladándola a nosotros mismos que somos Los observadores observados.

En un mundo contaminado por una información exacerbada, híbrido hasta la saciedad, los personajes que muestra Adriana Duque escapan a este mundo impuro, aún conservan una tipología ideal: la madre, el padre, la niña, la adolescente, el joven. Dejan de ser reales para ser paradigmáticos, modelos de una conducta sin mezcla irremediablemente desaparecida.

Entonces, lo que a Los ojos de la historia del arte sería una contra dicción flagrante, surge en la obra como una concreción insoslayable: un realismo ilusorio.

Renunciando a la verdad de lo real, la obra nos dona el único disfrute que sólo el arte nos puede otorgar: la ilusión.

Aún es necesario mencionar una circunstancia que surge cuando observamos la obra de Adriana Duque: la perplejidad. La perplejidad es un desajuste del acontecimiento con su escenario: en la obra, el espacio que es cotidiano de origen, se convierte en escenario, y el grupo pierde su homogeneidad para convertirse en diseminación pura, en actuaciones individuales, indiferentes unos de otros. Y también es notorio que el acontecimiento que nos presenta la obra fotográfica tiene el carácter de lo intempestivo, es decir, lo que nos presenta en este tiempo pertenece a otro, y también es intempestivo que la razón esté por fuera de demostraciones, pues no puede actuar ante lo inexplicable.

También la obra de Adriana Duque opera transgrediendo el hecho histórico donde lo figurativo siempre ha sido semejanza con el mundo representativo, con la realidad que la obra invoca. Siendo figurativa, la obra no es mimética, pues no plantea un episodio de la vida real. Con personajes figurativos, la obra nos introduce en la sensación, no en el pensamiento racional, y ahí lo sensible es anterior al pensamiento organizado. Entonces frente al orden aparente de la escena, lo sensible inaugura lo in comprensible, lo extraño, la sor presa. Todo en la escena es reconocible, pero como no existe narración, como no se está contando ninguna historia, la obra se sostiene como pura sensación, como diría Deleuze: "creando bloques de preceptos y afectos que la sostienen por sí misma."

Finalmente, ante la promiscuidad de la imagen contemporánea, ante su contaminación irreversible, Adriana Duque restituye en su obra el tipo ideal, el prototipo, los rasgos esenciales que ya no se dan en ningún ser humano, y la inocencia del mundo, ahora desaparecida para siempre. Pero en su obra ya no se trata dé la representación que está representada, como habló Foucault de Las Meninas, pues en el cuadro que aparece detrás del grupo familiar, en la pared del fondo, otro grupo en otro tiempo y lugar es referencia in equívoca del grupo que contemplamos. Un hecho visual contundente del discurrir del mundo sobre sí mismo.

Tomado del suplemento ID del periódico El Tiempo, 24 de noviembre de 2007

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Exposición

Desórdenes del sueño

Alonso Garcés Galería

 

En sus imágenes es frecuente la contraposición entre los cuentos de hadas, ajenos a unas condiciones concretas en términos de tiempo y lugar, y las experiencias socioculturales de la vida rural colombiana, marcadas por dichas condiciones. El papel que los relatos de hadas han desempeñado en la estructuración de la fantasía en Occidente es innegable. Nuestros temores y anhelos pasan por allí. Incluso se ha llegado a plantear que los juguetes y los cuentos de hadas funcionan en la infancia como una matriz de la experiencia artística.  

En ese orden de ideas, la apropiaclón cultural de que son capaces los niños y las niñas a través de esas estructuras depende enteramente de situaciones imaginarias que demandan el use de la fantasía Sin embargo, cuando ellas y ellos crecen, se enfrentan a prácticas como el arte y la literatura, que se articulan y delinean sobre los mismos principios, pero cuya apropiación no deja residuos tan satisfactorios Adriana Duque realiza fotografías que evidencian el corte entre la identificación imaginaria, propiciada por los personajes de los cuentos de hadas, resultante de la intromisión de contextos culturales específicos. La información que se desprende de esta proximidad sirve de base para medir la distancia que separa a un sujeto del objeto de su fantasía, Lo anómalo de las imágenes resultantes emerge en gran medida por la discontinuidad entre los exteriores a interiores de los lugares en que se insertan los personajes, algo que nos lleva a pensar que es la realidad convencional lo que no encaja dentro de ellas,

Jaime Cerón 
Tomado del plegable de la exposición en Alonso Garcés Galería, 2007

 

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Exposición itinerante De cuento en cuento

Museo de Arte Moderno de Medellín

Valenzuela y Klenner, 2005

 

 


EN - CUENTOS

A primera vista la casi totalidad de las imágenes de Adriana Duque muestran una serie de retratos de impecable ejecución en el color, luz, textura y equilibrio compositivo. No obstante, y pese a tratarse de un género tan codificado como es el retrato, las fotografías nos producen cierta extrañeza, algo se filtra perturbándonos, algo no se ajusta al orden de la representación perceptiva, algo de otra escena nos inquieta. Quizás un recorrido por ellas nos arroje pistas para introducimos en ese enigma

A-Saltos

Una primera aproximación nos muestra imágenes que parecen condensar diversos registros: Pese a presentarse como fotografías, parecen rozar con to pictórico, no solamente por el tratamiento añadido a las fotos, sino por el susurro de pinturas del Romanticismo y del Renacimiento que se encuentra en muchas de ellas. El ropaje de una niña evoca nítidamente el vestuario de los pintores flamencos; otra imagen, en su estructura espacial, nos recuerda la disposición de una paradójica Anunciación, otras sugieren las estructuras visuales con que se representaban las vírgenes, otra nos trae un vago eco de los juegos espaciales de las Meninas de Velásquez; algunas la composición y el tono emocional de los románticos, finalmente algunas incorporan cuadros dentro del cuadro.

También se muestra una afiliación con el relato. Gestos y poses nos remiten no a un retrato sino a un relato detenido, las imágenes fijan un instante, un momento de un continuo narrativo. Aparte de este cruce y convivencia de géneros, las imágenes condensan tiempos y espacios heterogéneos: escenografías, ropajes, muebles, parecen llegar del pasado para situarse en el momento presente. Cada una de ellas es terreno abierto para un juego de discontinuidades, fracturas temporales, reuniones de mundos distantes y distintos, encuentros dispares que nos recuerdan el mundo de Alicia en el país de las maravillas cuando un momento cualquiera podía devenir umbral mágico a una multiplicidad espacio temporal, a un viaje por distintos paisajes, historias, tiempos, cuentos, saltos temporales, encuentros de lo lógico y lo ilógico.

Una sorprendente mezcla de personajes de cuentos ancestrales de la cultura occidental se entreveran con personajes y situaciones actuales. De allí las sugerencias a Caperucita Roja, Alicia, Cenicienta, Hansel y Grethel, quienes parecen cobrar significaciones ocultas al fundirse con situaciones y sujetos del entorno colombiano. Los cuentos parecen ser una materia moldeable para insertarse en realidades locales, ciertos personajes son claramente colombianos en sus ropajes, actitudes, tipo físico y sin embargo aparecen mezclados con esos niños rotundamente ajenos al medio. Es claro el contrapunto entre el vestuario, ropaje y escenarios de lejana procedencia con los personajes de nuestro entorno. Estos parecen tomar por asalto ese tiempo distante y lo hacen con una inescrutable a inquietante actitud y sonrisa que contrasta con la lejana tristeza o la profunda indiferencia emocional que caracteriza a los niños. Esa callada violencia que empieza a hacer temblar la estudiada pose del retrato se intensifica con el ropaje aparentemente inocente de los personajes. En sus camisas se distingue un cándido conejito o una frase en la que leemos "so sweet"

Es claro que no se trata de una evocación nostálgica del pasado, esos cruces generan una tensión tendiente a interrogar al presente. Los cruces temporales y culturales encierran más una finalidad crítica que una citación nostálgica.

Las figuras del pasado y del mundo occidental son apropiadas para ser resignificadas, sus sentidos originales son desviados por la artista para cargarlos de realidades más locales a inmediatas.

Bisagras

La sobredeterminación de la imagen puede extender sus lecturas a universos más íntimos y personales. Las inauditas condensaciones y desplazamientos, la ruptura de la lógica y temporalidad diurna son asociables a las producciones de lo inconsciente. Estamos frente a imágenes que pueden proceder de otros lugares psíquicos, del trabajo de lo onírico por ejemplo. Ellas escenifican y construyen cuadros que disponen y distribuyen las energías psíquicas a través de las simbolizaciones que encaman los distintos personajes. Como en los cuentos de hadas, se representan instancias y fuerzas sicológicas, incluso la emergencia de temores y sensaciones perturbadoras. No es descabellado pensar que esos niños, con sus antiguos ropajes y viejos escenarios, no solamente remiten al pasado histórico sino a un pasado psíquico, a estratos ancestrales de la memoria que reaparecen relacionándose con elementos y situaciones del presente.

Los personajes y figuras, como ocurre con estos cuentos arquetípicos, resuenan en capas profundas de nuestra interioridad. Las propias imágenes favorecen esa resonancia al presentarse como bisagras articuladoras de espacios diversos a través de juegos de miradas que nos introducen a una trama de reflejos y proyecciones. Somos interpelados por la mirada de los retratados, todos nos devuelven la mirada a irremediablemente acabamos incorporados a las imágenes, siendo parte del escenario. Todo ese dispositivo visual nos permite pensar la imagen como escenario de estratos sicológicos, como bisagra entre el adentro y el afuera y nos conduce a saltar, como la misma Alicia, o como Orfeo, al otro lado del espejo, a la noche onírica a inconsciente. En algunos casos las ventanas y los arcos se presentan como rotundos centros visuales, como ojos, como agujeros negros que desde el espacio incrementan esa sensación de verse mirando.

Tras la estabilidad de las formas algo siniestro asalta la imagen para producirnos una inasible y convulsa extrañeza. Algo procedente de un estrato psicológico distante o reprimido, ajeno al ámbito perceptivo, reaparece y nos a-sombra. El espectador, introducido en el espacio psíquico y físico de la imagen mediante el juego de miradas, no puede sustraerse a esa siniestra sensación. Lo bello, entonces, deviene anuncio de lo terrible. Ya Regis Debray sugería que la imagen es terror domesticado, terror vinculado a una aparición, a una alteridad que nos interroga sin que sepamos muy bien de qué se trata.

Las obras de Adriana Duque tienen la sencillez y la complejidad de un retrato. Ellas transgreden este género desde dentro y lo impregnan de dimensiones sociales, culturales y psicológicas, incluso de fantasmas personales mediados por lo socio-cultural y de lo colectivo mediado por fantasmas personales. Algo se construye con materiales pasados, algo regresa desde el pasado histórico y psíquico. La apropiación de retazos y huellas de símbolos, de mitologías y narraciones del pasado, se encuentra con el presente produciendo esa familiar extrañeza en la que lo lejano y lo cercano, el pasado y el presente, abandonan sus estáticos lugares para "encontrarse" abriendo nuevos campos de significación .

Javier Gil
Ministerio de Cultura.

Tomado del folleto exposición De cuento en Cuento, Museo de Arte Moderno de Medellín, 2005

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Fotos y fantasías

Mezcla en sus fotos la tradición de la academia artística con la modernidad de la era digital.  El resultado son obras atemporales cargadas de niños y referentes infantiles

Un día, la artista manizalita Adriana Duque entró a un supermercado por una barra de chocolate, y salió con los protagonistas de su serie Infantes, del 2009: tres niños de origen servo-griego que parecen sacados de un cuento de hadas. Ella dice que así aparecen su personajes, "como un mágico acto de predestinación". Los encuentra en sus viajes, en las plazas de los pueblos que visita y en los lugares menos esperados. Se trata de gente real que evoque a alguien inexistente, personas que se acerquen a los imaginarios que Adriana tiene en la cabeza, un archivo mental que contiene los cuentos que leía de niña, los paseos con sus primos a la casa de campo de los abuelos, las noches en las que se inventaban fábulas o en las que salían a buscar duendes e insectos luminosos.

Su fascinación por lo infantil y la fantasía es evidente. En sus fotos busca crear una dimensión alterna a la realidad, transmutar lo cotidiano y replicar su propio asombro. Adriana dice que llegó a la fotografía por "enamoramiento", pues, aunque estudió Artes Plásticas en la Universidad de Caldas, la carrera no hacía mucho énfasis en esa materia. Fue durante viajes, visitas a museos y galerías en Europa que se dio cuenta de que este era un medio interesante para trabajar. Haber ido al Festival de Fotografía en Arlés, al sur de Francia, la introdujo en los grandes formatos porque le recuerdan la sensación absorbente y casi hipnótica del cine. La serie Infantes, expuesta hace dos años en la Iglesia- Museo Santa Clara en Bogotá contaba con fotos de 5 metros de alto por 4 de ancho, verdaderas gigantografías.

Ai terminar sus estudios supo que quería dedicarse a la fotografía, pero más que estudiar los procesos tradicionales se interesó por la manipulación digital de la imagen. Y como en los cuentos, su deseo se cumplió de inmediato: recibió la beca Carolina Gramas con la que se fue a Barcelona a especializarse en Fotografía Digital, en el Instituto Cristart.

Ella define su técnica como trabajo digital realizado con una visión pictórica y una inspiración decididamente clásica, en la cual prácticamente se vuelve pintora y retoma la formación de la academia para aplicar el hiperrealismo del óleo a través de las herramientas digitales. Su trabajo es atemporal y casi onírico, sus fotos están impregnadas de fantasía que camufla la realidad.

Su primera exposición individual fue en la Alianza Francesa en el centro de Bogotá. Se tituló Paisajes y hacía parte del ciclo de exposiciones Fotografía y Nuevos Medios. Ella, que aún vivía en Manizales, tuvo que viajar para hacer el montaje. Un par de meses después recibió una llamada de los jurados para avisarle que había ganado el primer premio: un viaje a París. -"Yo no salía de mi asombro, pues solo hasta ese momento supe que existía un premio", recuerda la artista.

Por esa misma época empezó a participar en muestra colectivas en el exterior, la primera fue una exposición itinerante titulada Women of the World, que fue inaugurada en White Columns, Nueva York. Desde entonces no ha parado, ha expuesto en Madrid, Bruselas, Sao Paulo, Nueva York, Toronto y Tokio, entre otras. Para Adriana, quien a la hora de trabajar no cambia a Bach por nada, la exposición de De cuento en cuento, que hizo en el 2005 en la galería Valenzuela y Klenner, fue su punto de quiebre: "Fue después de esto que mi obra se empezó a dar a conocer de manera especial. Le debo una gran parte de este reconocimiento a mis coleccionistas", anota.

En este momento hace parte de una exposición colectiva itinerante titulada Sobre el territorio: Arte Contemporáneo en Colombia. Está curada por Jaime Cerón y se acaba de inaugurar en el Centro Cermodern de Ankara, en Santralisatnbul, Turquía. Mientras Adriana sigue recreando imaginarios fantásticos con su Canon Eos 5D Mark II, su sueño es terminar una sofisticada cámara de madera que está fabricando para trabajar como lo hicieron los pioneros de la fotografía.

Tomado de la Revista Fucsia No. 131, octubre de 2011

 

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Exposición Desvelamientos (en la Galería El Museo) 

Adriana DuqueLa primera exposición individual de Adriana Duque que se presenta en la Galería El Museo reúne un conjunto de fotografías que hacen referencia a la pintura, al teatro, a la literatura y al cine. En cada una de las imágenes se evidencia su interés por la atmósfera emocional que caracteriza lo nocturno. Su obra fotográfica explora realidades que son escenificadas, y deambulan entre la penumbra, lo íntimo, el silencio, y lo misterioso, para entrar en la suspensión del tiempo y penetrar en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la ficción. Desvelamientos nos revela el mundo de Duque, que sospecha de lo ruidoso, y lo visible, para encaminarse en la búsqueda del secreto y la soledad en un enfrentamiento continuo entre el realismo y la fantasía. La muestra también contiene obras de diferentes series realizadas por la artista, como Iconos, Retratos Negros, La Corte Escondida, entre otras, donde los paisajes, los retratos y las escenas derivadas de la historia del arte son los protagonistas. Su obra ha sido expuesta internacionalmente y forma parte de importantes colecciones.  

Graduada de artes plásticas, de la Universidad de Caldas y con una especialización en fotografía digital, del Instituto Grisart de España,  Adriana Duque ha recibido importantes premios y distinciones, dentro de los que se puede resaltar el II Premio Colombo Suizo de Fotografía en 2006, El primer premio del Salón Regional de Artistas del Museo de Arte de Pereira en 2002, y la mención de honor de la Bienal del Caribe realizada en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo en el 2001.  

Duque ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas a nivel nacional e internacional. Su obra se encuentra en importantes colecciones como la del 21C Museum en USA, el Museo de Arte Moderno de Medellín en Colombia, y la Colección RPA en Sao Paulo, Brasil.

 Texto gentilmente suministrado por la Galería El Museo, 2014 

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