Carlos Blanco Ruiz

Bogota

Escultores

Figura Humana

Carlos Blanco

pintor, escultor

 


Vivo del aire

por Martín Franco

Este artista convirtió al aire en el protagonista de su obra. En su más reciente exposición, titulada Erase una vez, sorprendió con un carro bomba.

El pasado 18 de enero, a las 5:15 de la tarde, el artista Carlos Blanco salió de la Galería Casas Riegner, ubicada en la calle 70 A número 7-41, en dirección a la carrera séptima de Bogotá. lba vestido con jeans, camiseta y saco de paño, y cargaba su obra más reciente: una enorme bola de plástico llena de aire, cubierta con colores camuflados.

En la séptima comenzó a pasar de un lado a otro de la vía con su enorme balón y provocó un trancón. Sus improvisados espectadores reaccionaron de inmediato: algunos conductores se detuvieron a mirarlo mientras que otros se pegaron al pito para protestar, todo ante la mirada sorprendida de varios transeúntes. "La idea era simplemente protestar contra la violencia actual que, como la bola, rueda sin detenerse. Con este sencillo acto quería decir que no estoy de acuerdo con lo que está sucediendo en el país", dice.

Este performance fue el primer acto de Érase una vez, la exposición que inauguró el pasado 8 de febrero en la Galería Casas Riegner, de Bogotá. El resto de su trabajo consiste en un video, un par de esculturas, varios dibujos y un carro bomba, la silueta de un vehículo elaborada en seda, que se sostiene en el aire gracias a globos llenos de helio.

En las nubes

El aire, como se ha vuelto tradicional en la obra de Blanco, es el protagonista de esta nueva muestra. Su obsesión por este elemento comenzó un par de décadas atrás, en Madrid, España, poco después de decidir que iba a dedi carse de lleno al arte. "En aquel entonces hacía mis primeros trabajos artísticos. Un día, mien tras caminaba por la estación de Atocha, pasé junto a un par de extractores que me inflaron la chaqueta y la ropa. Fue en ese momento que se me ocurrió la idea de que el aire podía jugar un papel muy importante en mi obra", afirma.

Desde que comenzó a utilizar el aire como materia prima, Blanco no ha parado de viajar por el mundo. Ha puesto grandes nubes inflables encima de camiones en Nueva York, insta lado conchas de caracoles gigantes en las canes de Los Ángeles y sembrado flores coloridas en una playa de Corea. Atrás quedó su carrera de arquitectura, por la que viajó a España recién graduado para hacer un doctorado. "Recuerdo que cuando terminé el doctorado, regresé a Colombia y le dije a mi papá que había decidido dedicarme al arte. Entonces él me miró incrédulo y me contestó: ¿Y de qué va a vivir, mijo? ¿Del aire? Es gracioso, pero con el tiempo he podido vivir de él. Y lo mejor es que vivo bien", comenta. Y es que, de hecho, Blanco es uno de los artistas colombianos que mejor vende sus obras en el exterior.

Lo paradójico es que, años después, el aire se encargaría de hacerle pasar una de las experiencias más duras de su vida. "La muerte de mi padre fue un episodio muy fuerte. Él tenía hepatitis C y sufrió un coma hepático renal, una experiencia bastante dolorosa porque tu cuerpo se infla al retener gran cantidad de aire y líquido. Pasé tres días sin dormir en el hospital viendo cómo su cuerpo se hinchaba, hasta que no soportó más y murió. Eso hizo que replanteara muchas cosas en mi trabajo", relata el artista.

Blanco sabe, por experiencia, que la vida muchas veces quita y otras pone. Por eso, poco después de la muerte de su padre, tuvo una alegría inmensa: el nacimiento de su primera hija, Maya, que hoy tiene cuatro años. El artista está casado con la productora de moda Catalina Toro, hermana de la diseñadora de modas bogotana Amelia Toro. La pareja tiene otra hija, de dos años, llamada Luna.

El nacimiento de Maya le impulsó a retomar su trabajo. "Pertenezco a la generación de los no miedos. Aunque algunas cosas me atemorizan, no le tengo miedo al miedo y por eso puedo innovar, comenta y añade: "Yo creo que el arte no cambia nada pero sí lo pone frente a tus miedos. Y sólo cuando uno los afronta empieza a cambiar. Somos una sociedad más frágil que el papel de seda con que está hecho el carro bomba de esta exposición". Blanco se aleja dejando la sensación de que, como sus obras, es mucho más liviano que el aire.

Tomado de la Revista Caras, 17 de febrero de 2007

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Artista de inflar

Cuando Carlos Blanco regresó al país en 1996 su padre lo interrogó. "Mijo, usted de qué va a vivir?, ¿del aire?", preguntó preocupado porque su primogénito, arquitecto de la Universidad Javeriana, con doctorado en Arquitectura de la Universidad Complutense de Madrid, había decidido ser artista.

Carlos Blanco, artista; fotografía de Olga Lucía JordánUn año después, Blanco invitó a cenar a su padre. Para entonces ya había salido de su pequeño apartamento en un tradicional barrio de clase media, comenzaba a ser un artista reconocido, tenía casa y automóvil, y la tranquilidad de sentarse, de nuevo frente a frente, y mostrarle que sí se podía vivir del aire. Y vive bien.

Expone dos veces al año en Colombia (actualmente realiza una muestra en la galería La Cometa, en el norte de Bogotá) y dos veces en el exterior. Sus obras se han visto en galerías y espacios públicos de Londres, Ciudad de México, Nueva York, Carolina del Norte, La Habana y Corea.

Diez años en España le habían servido no sólo para convertirse en doctor sino para darse cuenta de que lo suyo iba más por el lado de la plástica que por el de la arquitectura. Desde pequeño había corrido tras las enciclopedias de historia del arte, admiraba más la obra de Obregón que la de cualquiera de sus maestros y, en los tiempos de estudiante de pregrado en la Javeriana, sus muestras finales eran más piezas artísticas que propuestas arquitectónicas.

Emigrante en el país de sus abuelos, conoció artistas españoles de su generación y, con tal de mantener su carrera (sin el apoyo de una familia que lo quería arquitecto y no artista) fue delineante de arquitectura, carpintero, publicista, ilustrador y hasta vendedor de bolsos. "Pero no me importaba -asegura-, porque ya tenía claro qué era lo que quería hacer".

Comenzó a hacerse un nombre en el competido panorama español y, al tiempo, participó en Colombia en un salón regional y en una exposición en la galería Garcés -Velásquez, antes de decidir que su etapa europea había terminado.

Cruzó el océano para radicarse en Nueva York,  pero ya España le había dado las claves de laque sería la principal característica de su obra. Una mañana, caminando por la estación de Atocha en Madrid, sintió cómo su chaqueta de espumase inflaba bajo el efecto del aire que salía por los extractores. Esa experiencia se sumó a las anteriores y lentamente el aire se convirtió en una obsesión.

En Colombia Blanco había practicado windsurf, parapente, ala delta y paracaidismo, entre otros, y en Madrid la explosión de una bomba activada por ETA en una estación de Policía frente a su apartamento le demostró el poder que podía tener el aire. "Recuerdo el viento entrando por la ventana -asegura-, luego la luz y finalmente el sonido".

Llegó a los Estados Unidos en 1993 con la idea de crear una gigantesca nube que volara por encima de los rascacielos de Manhattan.  No logró que su obra volara, pero sí que una galería aceptara apoyar un proyecto un poco más modesto y mostrara su trabajo, pasando por delante de por lo menos 30 artistas que llevaban meses esperando pacientemente una oportunidad para exponer. "Eso generó envidias -asegura el artista- e incluso trataron de quemar mi obra".

Blanco creó una gran nube que, montada en un camión, era ubicada en diferentes lugares de la ciudad para ser usada por los desprevenidos transeúntes, que metían la cabeza dentro de ella para encontrarse frente a otro rostro que les expresaba su amor.

Desde entonces sus sueños se llenaron de aire y lo convirtieron en uno de los más reconocidos artistas contemporáneos colombianos. Comenta con ironía: "Mi aire cada vez es más caro". Tres años después de haberle dado vueltas a Nueva York a bordo de una nube, decidió regresar a Colombia. Sus inflables se tomaron la ciudad como seres alados que caminaban por las calles, en forma de una maleta con vertida en túnel del tiempo. La ubicaba en espacios públicos, como la Plaza de Bolívar, para que la gente pudiera ver en su interior imágenes de otra época y hasta en una referencia a los desplazados con una casa móvil que, actualmente, debe estar en algún campamento guerrillero tras haber sido robada en las afueras de Bogotá.

Hoy mantiene sus afectos en Colombia pero con un pie por fuera. En junio de este año participará en la Bienal de Praga (donde llevará una versión de la maleta túnel del tiempo) y en septiembre realizará una exposición individual en una galería de Los Ángeles (Estados Unidos). Sabe que pasa por un buen momento y que tiene que aprovecharlo: "además -bromea-, los 15 minutos de fama de los que hablaba Warhol en realidad son sólo cinco", por lo que, cuando no está preparando una exposición, trabaja en bocetos y pinturas.

La exposición que inauguró este mes en La Cometa incluye no sólo los inflables que lo han hecho famoso sino una serie de cuadros en acrílico sobre tela. Todos expresan la ilusión de que sus obras vuelan. "Cualquiera puede flotar -insiste-, lo que pasa es que tenemos que liberarnos de tantos pesos que nos mantienen pegados al piso".

Es perseverante. Todavía tiene presente el sueño de una nube creada por él que se eleva sobre los rascacielos de Manhattan, pero mientras termina de elevarse, Carlos Blanco sigue viviendo del aire.

Tomado de la Revista Cromos No. 4548, 25 de abril de 2005

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En la pasada Bienal de Corea, a Carlos Blanco le dieron un espacio al aire libre para que presentara una de sus obras. Escogió una playa donde en los años cincuenta desembarcó el general McArthur. En esta playa, hoy turística, hubo 1210 bajas. La idea de los directores de la Bienal era honrar un poco esa situación me diante un cultivo de flores. 

Blanco, famoso por sus inflables, jugó con la idea de unas amapolas que presentó en la arena. Esta flor nacía de unos cuerpos acostados que simbolizaban el ciclo de la vida. Ahora trae a la Galería Diners parte de ese cultivo, que presentará como un invernadero. "Esperando que de ese invernadero brote una vida. Como referente a una situación que se vive aquí con tanta violencia, tanta muerte. Pienso que con el tiempo, de ese brote del cultivo va a salir un poco a flote la vida", anota Carlos Blanco. 

La obra en Corea tenía una intención geográfica bien especial. En la galería, ¿de qué manera se va a validar la obra?, le pregunto mientras contrae sus pulmones para inflar a otro de sus personajes de la muestra. "La valida en el sentido en que obviamente Diners tiene una política más contemporánea, pone a este tipo de artistas en escena. Son muchos cuerpos en un sentido caótico. Pero siempre esta flor, o este cuerpo o este hombre flor, sobresalen del caos", reflexiona el artista. El arte permite muchas cosas. 

Blanco quiere ahora presentar algo positivo. La muerte que adquiere un sentido o una posibilidad, no como algo que el artista quiera demostrar crudamente.
Esta instalación también podría verse como una especie de cementerio. "Sí. Hay algo como de tumba. Es un poco dramática la situación como la presento acá. Entender que aquí la muerte y la guerra no son algo catastrófico. La gente en la Segunda Guerra Mundial hacía colas para comer, nosotros después de una muerte hacemos cola para ir a cine, por ejemplo, para ir a un centro comercial". 

Talvez por eso, Blanco realiza esta instalación a manera de incubación. También presenta unos cuadros con colores fuertes y muy figurativos, con los que el espectador se enfrentará tan pronto entre a la primera sala. 

Después de tanta reflexión en torno a la muerte, el artista debe tener un epitafio. "Claro que sí. Tengo uno, y fácil: `Todo es aire y me muero por él. Porque sin aire no podríamos sentarnos a tomar un tinto, fumarnos un cigarrillo o charlar. Cada vez investigo más en el concepto del aire como principio de mi obra". 

Carlos Blanco lleva una especie de país portátil en su maleta. Su obra cabe en espacios pequeños, pues sólo basta inflarla y presentarla. Como hijo de inmigrante -su padre es de Galicia, España-, el artista se la ha pasado viajando. Situación que ha mostrado a través de sus obras, en la que el movimiento juega un papel importante. Muebles, baúles, nubes, casas portátiles, han sido algunos de los temas de su trabajo. 

Existe una gran diferencia entre ser viajero y ser turista. "El viajero llega a cualquier lugar y no le interesa el hecho de visitar monumentos turísticos. Simplemente le gusta llegar y tener reconocimiento a través de la gen te, el contacto humano. Conversa con el panadero, con el del supermercado, con la persona que lo roza a uno. Porque el viajero entiende que no es cuestión de lugares sino de situaciones en las cuales uno toca a las personas. Esa es la diferencia. 

El verdadero viajero nunca tiene tiempo ni lugar para regresar. Es el que tiene la capacidad para llegara un cruce de vías y es coger al azar". 

También ha reflexionado acerca de la migración. Alguna vez realizó una botella inflable que adentro contenía unos muñecos que representaban a una familia desplazada. Una metáfora de que la familia siempre está a la deriva. También se refería a la estructura social, que no se sabe para dónde va. La idea era enviarla por mar a la Bienal de La Habana, pero no fue posible. 

Estos muñecos que se inflan también tienen que ver con situaciones vividas por el artista. "Mi padre murió de manera repentina hace año y medio, por un coma hepático renal, y eso fue muy fuerte para mí. El cuerpo de mi papá en tres días se infló hasta que reventó el corazón porque no aguantó más. Estuve tres días viendo a mi padre inflarse y esto me cuestionó mucho lo que yo venía haciendo. Me puso de frente a lo que era mi obra, en una cuestión más carnal. Al año nació mi hijo", razona Blanco. 

Hace quince años el artista trabaja con esta especie de modelos para inflar. Hace diez que no elaboraba pinturas. Pero el momento de la muerte de su padre fue importante para reflexionar más sobre el desplazamiento. "El movimiento no es sólo cuestión de desplazamiento, sino de actitud también. Con esta obra se cumple un ciclo en mi vida. La obra está en este momento en un gran cambio, pero sigo con el elemento aire". 

Y entre otras, Blanco es el único artista colombiano que vive del aire. "Sí, gracias a Dios que mi papá pudo verme cuando ya estaba viviendo del aire y pudo irse sabiendo que la pequeña enseñanza que yo le di fue que cualquier posición que uno tome en esta vida, si la hace con el corazón, lo logra. Es básicamente la entrega, el sacrificio, algo que uno anhela toda la vida.  El aire con el tiempo, como esencia, va a costar mucho", concluye. 

José Francisco González
Tomado del periódico El Tiempo, 21 de marzo de 2003

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Eros y Tánatos

Por María Margarita García

Vivió una fuerte tensión. Sintió el dolor de la pérdida de un ser querido. Empezaba a padecer la ausencia de su padre. Carlos Blanco vio de cerca la muerte y mientras se recuperaba de aquellos momentos difíciles nació su primogénita. El artista se detuvo a pensar en la vida y la muerte y comenzó a trabajar en un proyecto que debía llevar a la Bienal de Corea. Poco a poco, con su estilo inconfundible que hace referencia al pop y al cómic, fueron apareciendo en sus bocetos una serie de obras relacionadas con eros y tánatos.

Se trata de cuerpos yacentes de cuyo vientre emerge una flor, conjunto al que denominó Cultivo Intensivo, que apunta a la muerte de miles de colombianos. "Creo que vivimos un caos. En este país las cosas no suceden como ocurrieron en la segunda guerra mundial, cuando la gente tenía que hacer largas colas para conseguir comida. Nosotros, después de un atentado, salimos a hacer cola para entrar al cine porque queremos vivir la vida por encima de todo esto. Nuestro acto de fe es el de no refugiarnos en nuestra casa, sino demostrar que hay una posibilidad de vida.

Sus trabajos inflables que se distancian levemente del piso, hacen referencia a seres amorfos de 1,60 metros de largo y de color amarillo que contrastan con las amapolas que salen de sus vientres.

En ellas el aire es fundamental. A Carlos Blanco le interesa el aire como contenedor de formas diversas que ha interpretado en maletas, nubes, alas, casas portátiles o caracoles que caminan por la ciudad y en continuo movimiento. Con ellas ha introducido al espectador en los problemas sociales, en la violencia, en la prostitución, en los conflictos urbanos, pero desde un punto de vista positivo.

Son obras equilibradas que parecen flotar sobre el piso. Entretanto, sus pinturas, que no exhibía desde hace más de una década, sugieren el caos a través de figuras invertidas que parecen volar por los aires. Es como si hubiera habido una explosión que no hubiese maltratado los objetos inservibles. Siempre en medio del caos surge la flor como una posibilidad de vida. A mí como artista me interesa esa puerta abierta. No quiero mostrar la muerte como un acto tan trágico como en realidad lo es. La veo como una metamorfosis, como un tránsito.

Su formación como arquitecto lo ha llevado no sólo a crear obras de gran formato que se han tomado espacios públicos de grandes ciudades de América, Asia y Europa, sino a plasmarlas en el papel a manera de bocetos, a elaborar maquetas de madera a escala y finalmente a invadir con sus objetos inflables extensas zonas urbanas.

Tomado de la Revista Diners, No. 396, marzo de 2003

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CARLOS BLANCO EN LA BIENAL DE VENECIA
Fragmento del articulo Venezia, La Biennale.
Revista Lápiz No.93, 1993. Madrid, España. 

AIgunos seguramente recuerdan unas extrañas esculturas que cambiaban de lugar y que estuvieron expuestas durante el primer mes en la pasada edición de la Documenta de Kassel. Eran unas piezas de lona color amarillo con aspecto de maletas situadas sobre unos largos apoyos, a modo de trípodes: la parte interior estaba abierta en uno de sus extremos y un pequeño podio servía de escalón. El espectador debía subirse en él o introducir su cabeza en la obra para poder verla porque estas piezas eran, además, contenedores de historias. 

Carlos Blanco, nacido en Bogotá en 1961, con pasaporte español, arquitecto y escultor afincado en Madrid desde hace seis años, se ha planteado repetir la experiencia que llevó a cabo en la Documenta el pasado verano: distribuir sus obras en las arterias de paso a las grandes muestras como un francotirador, fuera de las selecciones oficiales pero a su lado, buscando su propia financiación y con el permiso más o menos tácito de Achille Bonito Oliva, como antes tuviera el de Jan Hoet. 

Si la Bienal de este año habla del artista nómada, del viaje y de la coexistencia de discursos y culturas, parece que Carlos Blanco, con su arte portátil, fuese su más exacto reflejo, pero esta vez en lugar de maletas se trata de cofres en los que igualmente hay que penetrar para poder saber de qué nos hablan. Son cofres que alimentan la idea de un tesoro que hay que descubrir con cierta cautela porque abordan la soledad, el amor, la vejez, el sexo o la muerte, pero sobre todo el tránsito, el viaje, el desarraigo, la desposesión y el riesgo, y todo ello a través de imágenes salidas de un universo donde la fantasía resulta ser el único refugio para la razón. Una muy peculiar forma de escultura pública que encierra unos miedos tan privados como universales. 

Alicia Murría

Mis pinturas, aparentemente, no tienen mucho que ver con el trabajo reseñado arriba, pero al observar detenidamente se pueden encontrar elementos que relacionan los dos tipos de obras: vehículos, espacios mas o menos referenciables, informalidad en la técnica, etc. En fin, las pinturas son otra manera de viajar, tanto para mi como para usted. 

Carlos Blanco

Tomado de la Hoja, exposición en la Galería Garcés Velásquez, 1993