Alejandro De Narvaez

Bogota

Pintores

Abstracto, Figura Humana, Figura

Alejandro de Narvaez

deNAfp06.jpg (66162 bytes) Recuento

CRITICA

LOS MUROS DE MI SILENCIO

Si pudiésemos detener el tiempo para dedicarnos a contemplar que es lo que realmente estamos viviendo, serian muchos los detalles que reencontraríamos. Así mismo, si nos sentamos a ver y no a observar encontraremos muchos más. Es lo que nos pasa cuando tenemos un cuadro de Alejandro De Narváez ante nosotros.

Es un gran momento el que se vive. Ha plasmado un instante de vida que nos deleita a fondo. Pero al ver los cuadros poco a poco, vamos encontrando una infinidad de detalles y trasfondos que nos involucran con la obra de Alejandro, gozando realmente cada cuadro.

Como en la vida los progresos se van viendo, en esta nueva serie recibimos unos cambios y unos logros en un contexto surrealista, antes no presentando, que nos compenetra. Esto demuestra un artista más maduro explayando nuevas inquietudes en el arte.

Con su nueva técnica, textura, color, forma percibimos otra manera de ver estos instantes de la vida en el movimiento planteado.

Alejandro De Narváez aún no se sacia de poner en sus telas toda su creatividad, sus sueños y sus fantasías. Ha pasado por varias expresiones artísticas; fruto de sus estudios, ensayos, dedicación, y aún continua creando nuevas alternativas dignas de seguir por los nuevos pintores. Es una escuela que no tiene fin. Detalle importante para el arte.

Fijemos nuestra mirada en los muros, jarrones, vasos, ganchos, cintas, flores ... Elementos cotidianos hiperrealistas convirtiendo el cuadro en surrealista. Desarrollando dos diferentes dimensiones: La real y la imaginativa, para crear un surrealismo cotidiano.

Descubrir, imaginar y hasta sentir como piensa Alejandro, no es difícil integrarnos a sus majestuosas obras.

Si sus sentimientos se encuentran abiertos, por favor deléitese con esta nueva obra y etapa de De Narváez en Los Muros del Silencio. 

Fernando Machler Tobar.

Tomado del folleto, Alejandro de Narvaez, Septiembre de 1996

Los Muros de mi Silencio

Asesor Editorial y Diseño: Camilo Paredes R.

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ACERCA DE ALEJANDRO DE NARVÁEZ  

La pintura ha muerto, repiten desde el arte conceptual hace más de dos décadas. Mientras tanto, el mundo del "performance" y las "instalaciones" da vueltas en el círculo vicioso de las repeticiones con el propósito de abolir la pintura. La más extrema modernidad, sin embargo, ha permitido que convivan formas, estilos y tendencias en el único espacio cierto y permanente del arte: el de la libertad.

Alejandro De Narváez, formado en la arquitectura y la pintura, formado sobre todo en los modelos "clásicos", vuelve a recordarnos que la pintura no ha muerto, que el arte figurativo no ha hecho más que modificarse en metamorfosis que van del impresionismo lírico al más radical hiperrealismo. Al fin y al cabo, no son las modas o tendencias de época las que determinan la elección de un estilo. Es el temperamento del artista el que guía los pasos de su creación. Elige las formas de alguna manera afines a su sensibilidad, como elige, a menudo inconcientemente, el mundo de imágenes que reposan en su memoria afectiva. Puede suceder que no elija los temas sino que estos se le impongan. Se es conservador o radicalmente experimental por temperamento.

Adivino en Alejandro De Narváez un temperamento lírico que no es ajeno a la tradición figurativa del arte el contemporáneo. De allí los temas de su obra: "bodegones" que él mismo se resiste a llamar "naturaleza muerta": paisajes urbanos en los que la mirada del artista transforma y depura la concepción originalmente arquitectónica de su formación académica: paisajes rurales que, algún caso, evitan la representación realista y conducen el tema hacia un impresionismo que tal vez sea en el futuro un inevitable en su obra. Mejor dicho, una aproximación a la representación no figurativa de sus temas. Como en la mejor y más alta tradición

, de un Ariza o un Acuña, por ejemplo.

En sus "bodegones" hay tal exuberancia, que el primer plano de las frutas "representadas" se vuelve primer plano en la mirada del espectador: formas y colores alteran en un abigarrado conjunto. La búsqueda de la composición lleva al hallazgo de un equilibrio sin duda de origen clásico. La base de sustentación que sirve de bandeja o mesa , revela cierta tendencia arquitectónica. Es como si el arquitecto, desdoblado en pintor, aceptara simultáneamente la importancia del interiorismo, convertido aquí en pintura.

Muchas de estas obras, realizadas entre 1998 y 2000, dan cuenta de una coherencia temática que se convierte así en propósito, es decir, en propuesta estética. Al abrir las frutas en su carnosidad, De Narváez pareciera devolverles vida, esa vida que se inicia en la madurez y termina en la podredumbre.

Pero al dejarlas en su madurez, pensamos que el artista ha querido llegar al esplendor de la naturaleza, a la representación de la "naturaleza viva".

Algo distinto sucede con sus paisajes urbanos. Una tradición contemporánea que va de Vieira da Silva a Antonio López García, nos dice que la ciudad es y será siempre el objeto de una representación artística que debe tanto al cine como a la fotografía. Pero en la pintura la mirada sustituye a la reproducción mecánica o tecnológica. La ciudad, vista en sus fragmentos o en sus panorámicas, es una entidad viva. Y vivas son estas ciudades, vistas horizontalmente, a ras de suelo, o representadas desde las alturas. Vivas bajo el cielo nublado que contiene, no obstante, gamas variadas de colores, cielos manchados por restallantes e intensos azules.

Curioso que De Narváez haya pasado de un tema a otro, de la exuberante naturaleza frutal al mundo de la urbe. Curioso también que paisajes urbanos y rurales alternen en su obra, como si el artista se resistiera a dar por clausurada una etapa, sobreponiéndola a la posterior. Así, bodegones, paisajes urbanos, y paisajes rurales acaban conviviendo en una misma época.

La pintura es simplemente pintura. Y De Narváez se ciñe a sus leyes: colores, formas, búsqueda de equilibrio a través de la composición, perfeccionamiento de los detalles hasta que estos se difuminan en los

límites del horizonte, como en sus paisajes urbanos, imponentes bajo la luz cambiante del cielo. Pintura que se reconoce figurativa pero que es, al mismo tiempo, expresión de un estado de alma. En pocas palabras: arduo oficio de un artista que se ha propuesto construir una poética de las ciudades o del despoblado paisaje rural, de la misma manera como se propone construir una poética del bodegón dando forma al esplendor de esos frutos descarnados y abiertos, metáfora de una vida detenida en el tiempo de la obra.  

OSCAR COLLAZOS

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De Narváez en Galería Quinta

Aparte de las modas  

Por  DIANA LLOREDA

La primera vez que Alejandro de Narváez sospechó que tenía facilidad para ser artista fue en cuarto elemental, cuando hizo unos cubos que le encantaron a su profesor. Sin embargo cuando terminó el colegio estudió arquitectura mientras pintaba en lo planos y vendía los cuadros. Mientras que su madre le decía que no se fuera a volver artista, su padre le dio el dinero para enmarcar una obra, lo que significó el máximo reconocimiento. Aunque sacó el mejor promedio de la universidad, decidió que su camino sería el arte y se dedicó a estudiar, incursionando en la historia del arte en las técnicas empleadas por diversos artistas, lo cual dejaba huella en su trabajo, según el artista que estaba estudiando en el momento.

Para De Narváez, el arte no es lo que uno trata de decir, es un sentimiento. No creo en las tendencias de hoy, ni en la abstracta ni en ninguna otra:

En sus bodegones ha querido rescatar el sentido de riqueza y de opulencia original que tuvieron hace mucho tiempo. Al pintar una patilla, decidí tirarla al techo y luego observarla ver cómo iba envejeciendo porque para él, es importante registrar que el tiempo pasa y es indispensable no inmortalizar las cosas.

Su ojo busca permanentemente lo que todos miramos pero nadie ve, como las grúas, las antenas, los matices especiales de la ciudad y la belleza que se esconde detrás del caos del  centro de Bogotá, que podría ser el de  cualquier ciudad latinoamericana, pues, en esencia, es un pintor del Continente y sus ciudades si bien parten de una base realista, son inventadas al pero tienen la gracia de que nos reconocemos en ellas.

Definir la pintura de De Narváez no es fácil; podría decirse que es un concepto nuevo de lo clásico: prefiere trabajar en el sitio que pinta; más que con fotografías. Además; no creé en las instalaciones ni en los performances

Es un artista muy exitoso y cotizado a nivel nacional e internacional, tal vez porque tiene su estilo propio y ha luchado por no dejarse llevar por las a modas del arte actual. Toma su traba con mucha seriedad y profundiza en cada detalle; detrás de todas las pinceladas se nota el estudio previo y o la precisión al plasmarlas. Además, ó no es una persona aislada sino, por el y contrario, los temas que pinta tienen que ver con la realidad que vivimos, sin ser un artista comprometido en el sentido tradicional y desueto de la palabra.  

Tomado de Lecturas Dominicales, Periodico El Tiempo, 23 de febrero de 2001

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Las Ciudades Visibles

por Zandra Quintero Ovalle

Así como en el libro de Italo Calvino, Las ciudades invisibles, Marco Polo narraba al Gran Khan las fantásticas ciudades que encontraba a su paso -como aquella que tomaba la forma del deseo del viajero-, Alejandro De Narváez nos cuenta la ciudad a través de trazos, colores y volúmenes que se convierten en representación de la creación más humana, e inhumana, del hombre.

Arquitecto de profesión, desde muy pequeño sintió el gusanito de la pintura. Alejandro comenzó a pensarse como artista cuando, a la salida de una marquetería, una señora le compró, allí mismo, un cuadro.

El suyo es un camino labrado desde el estudio de la obra de los grandes pintores: Pablo Picasso, José María Velasco, Salvador Dalí, Alejandro Obregón, los impresionistas. El reto consistió en investigar sus técnicas y en tratar de pintar a la manera de cada pintor. En este proceso, De Narváez conquistó aquello que conocemos como oficio: el dominio de la técnica, la depuración de la factura, los secretos de la composición.

Después de ensayar varios temas -siempre en el campo del realismo- se encontró como pez en el agua en el género de la naturaleza muerta, que él prefiere denominar "naturaleza viva": -"Empecé a trabajar el género como un desafío que exige una técnica enorme, una concentración muy grande, una buena construcción. Quería tener toda la base de los clásicos -por eso los he estudiado tanto-, pero quería algo más..., decir que lo que hoy está ahí mañana no estará. Empecé a pintar unas lechugas y a los dos días empezaban a marchitarse, tocaba botarlas y dije: no. Me di cuenta que no valía la pena hacer el bodegón como lo hace todo el mundo, sino que reflejara ese proceso de vida. Fuera de eso no tenía que tener un mantel precioso o una copa de vino. Yo no estaba ha blando de naturaleza muerta, sino de naturaleza viva, puesta de la forma más simple del mundo".

Sin embargo, Alejandro se cansó de lo inerte y quería plasmar en su obra la actualidad, el protagonismo del hombre, el dinamismo, y para contener todo esto en un cuadro, qué mejor tema que la ciudad? Su estudio está estratégicamente ubicado en el último piso de un edificio sobre la carrera séptima de Bogotá: desde allí tiene una vista privilegiada del occidente de la ciudad, que revela no sólo los edificios -y en los días claros, hasta los nevados-, sino también la vida que hormiguea por las avenidas, los parques y aun la que se esconde tras las ventanas de los apartamentos.

La idea de Alejandro De Narváez no es hacer un registro realista de la ciudad, ni desafiar la exactitud de la cámara fotográfica. Sus paisajes urbanos tienen mucho de invención: en una calle de La Candelaria puede meter un edificio que no existe o, mejor aún, permitirse el capricho de un trazo sobre el cielo que refleje la emoción del artista.

Si bien en su obra reincide la presencia de Bogotá -la calle 72, la Jiménez o La Candelaria-, ésta aparece desde distintas perspectivas: a veces el pintor es un observador que mira a lo lejos; otras, nos ofrece una medida antropométrica donde sentimos que estamos a la mitad de la Jiménez.

De Narváez es compulsivo: pinta todo el día, y por las noches estudia a otros pintores hasta las dos o tres de la mañana. Sin embargo, él no trabaja con fotos, tiene que estar en la ciudad para sentirla. Por eso la camina, sube y baja de los buses, la respira, la ama y la sufre: sólo así puede convertirla en una imagen que cuente la vida que late en la urbe. Por eso, aunque parezca alocado y hasta arriesgado, él instala su caballete sobre un bolardo de la Jiménez para absorber el latir del centro de Bogotá, o en una esquina de la 72, cuando la gente pasa y se multiplica sobre los vidrios de sus edificios.

Praga, México, Nueva York, Madrid y La Habana, son ciudades que también han dejado huella en el pintor, por sus particularidades, olores e historias. Quizá sus ciudades inventadas tienen algo de todas y cada una de ellas, los volúmenes y la luz que él captura para contarlas terminan por hablar con el espectador, como si el lienzo lo absorbiera, y de repente se encontrará dentro del universo que De Narváez ha creado en su cuadro.

Zandra Quintero Ovalle
Tomado de la Revista Buen Vivir, No.68, 2000

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El Arte es para Dialogar

"Enfrente pasan cosas", dice este artista que definitivamente logra al máximo la comunicación entre su obra y el feliz mortal que tiene la suerte de verla. Sí, pasan cosas. Como la discordia -una mangana-, un cáliz de barro y un pan. Y al fondo"]esús y los doce apóstoles en la Ultima Cena, pero a través de la óptica de Alejandro De Narváez: expectantes, nerviosos, aterrados y despelucados, como debieron estar durante la Preparación para Ia Ultima Cena.

De Narvaez, en efecto. concibe el arte, en su caso la pintura. romo una manera de "dialogar" con alguien.  No una obra que se meta en sí misma y se quede ahí, sin que el espectador sienta que lo que  está allí plasmado tiene vida propia. Y esto no es uno simple metáfora: sus cuadros tienen movimiento. EI, en su incesante búsqueda de la perfección, se halló de repente con los muros resquebrajados, de colores corridos y, con la pátina de los años; entonces entendió que podían ser el "alma" de los lienzos.  Y que además, ellos, eternos, permanentes, y elevados en un mismo espacio, eran testigos de lo que pudiera ocurrir en cualquier tiempo.

Lo cual se identifica con la decisión que to cuando estudiaba arquitectura ,junto con pintura: "El arte me permite expresarme sin limitaciones", y entonces, se dedicó por entero a la pintura, estudiando e investigando.

Por esa misma época fue cuando se halló con una frase que lo marcó para siempre, y que ha sido su norte: "Para ser pintor se debe llevar un gran camino". Y por este camino es que transitó, transita, transitará este artista que aunque joven, tiene un bien logrado prestigio en el exterior. Por cierto, fue seleccionado por Colombia para ir a la próxima Feria Internacional de Barcelona (1995), donde ya los 35 cuadros que se exhibirán están vendidos. Algo que no es nuevo para De Narváez, pues eso mismo ha ocurrido con las exposiciones que ha montado en Ciudad de México, en Quito, en Miami, etc.

"Una de la razones para exponer en el exterior es el compromiso que debemos tener como colombianos, en el sentido de que acá no solo plasmamos guerras, sino que tenemos cultura", señala.

Bueno, pero para llegar a esta meta, De Narváez ha tenido que ir "purificando", cada día, su obra, no sólo en la temática sino en la técnica.  Descubrió, luego de que el maestro japonés Oan Mingkin Ho le enseñó la técnica del acrílico con arroz, que el aceite vegetal de este grano, al mezclarse con óleo, desarrolla características de durabilidad, firmeza en los colores y gran textura en la obra.

Entonces no es extraño que este artista, eterno investigador de los misterios y la magia del arte, asegure que "el arte no es un objeto, una imagen, sino una ilusión, un sentir v una permanente comunicación con el espectador".

Muros de mi Silencio se llama la temática en que trabaja, la de las tapias que con su pincel recobran vida para darle aun más vitalidad a lo que ocurre en su entorno. Como sus Cristos vivos ("Así, te sientes acompañado de El, todo el tiempo"), La Mujer del Trabajo ~"Son mujeres del campo, lindas porque tienen muchos valores"), su Virgen Niña ("Con su cara de felicidad porque era feliz" ), v los ángeles jugando yo-yó v montando en bicicleta ""porque los ángeles son seres felices" ).

Y entonces remata con urticante frase: "Lo que se tiene que transmitir son sentimientos; para lo demás... "la cámara fotográfica!" (R.P.)

Tomado de la Revista Fama, No.15, diciembre 15 de 1995