ETNIAS ETNIAS

Colombia

Etnias (Indigenas, inmigraciones)

Figura Humana

Ver secci�n completa  Ver secci�n completa
Etniperk.jpg (47457 bytes)

ETNIAS


 

Enlaces: Etnias en Colombia (recomendado)

horizontal rule

   
   

Regresar ingreso ColArte


Vea también en Colarte:

INMIGRACIONES EXTRANJERAS

  

PRECOLOMBINOS

 

ETNIAS ACTUALES

Emberas
Guahibos 
Guambianos 
Guanes
  Huitotos, uitotos 
Ingas 
Koguis 
Kunas, cunas
Motilones 
NukakMakú 
Ticunas
Waunanas 
Wayuus  
Yukpas 
Muiscas 
 

Africanos 
Alemanes 
Argentinos  
Belgas 
Chinos 
Cubanos  
Ecuatorianos 
Españoles 
Franceses  
Gitanos 
Holandeses

Indostanies 
Ingleses 
Italianos  
Japoneses 
Judíos 
Nórdicos 
Norteamericanos 
Otros Suramericanos 
SirioLibaneses 
Suizos  
Venezolanos

Culturas precolombinas 

Resguardos en Nariño

   
 


Mezclas raciales:

Espa�ol + india = mestizo
Espa�ol + negra = mulato
Espa�ol + espa�ola = castizo 
Mulato + espa�ola = morisco
Espa�ol + morisco = albino
Mestizo + india = cholo
Negro + india = zambo
Negro + zamba = zambo prieto

 

   


Colombia necesita
de raz�n y de utop�a

Una reflexi�n sobre el mestizaje y la
formaci�n de la identidad colombiana

Ensayo de Guillermo P�ramo Rocha

La historia de los Andes es la historia del viento. Somos todos huairapamushcas, hijos del viento. Cuando una mujer quechua se quedaba embarazada y nac�a un ni�o m�s claro que la canela, dec�an los ind�genas que era hijo de ese ser caprichoso y llevaba en su sangre los vicios de su estirpe. Los que llegaron de las Espa�as a esta Am�rica andina, eran a su vez, hijos del viento". Con estas frases se introduc�a un art�culo sobre los Andes publicado hace poco por la National Geographic. Su autor, Pablo Corral Vega, rebuscando en sus or�genes amerindios, puso en ellas una met�fora que por s�glos han usado los hombres de estas enormes monta�as. Yo la hab�a escuchado de Lorenzo Muelas cuando, hace algunos a�os, comparaba en una entrevista televisada el sent�do que ten�a la tierra para su gente con el que le daban los mestizos y los blancos. La tierra -dec�a �l- es para los ind�genas como la madre; la madre propia que da el ser, la vida, el abrigo, el alimento. A la madre no se la maltrata ni se la vende ni se la deja ni se la abandona. Por el contrario, los colonos, mestizos o blancos, ven a la tierra como algo ajeno y distante: llegan y queman los montes, contaminan su sangre que es el agua, hacen lo que llaman "mejoras", venden sus parcelas y se van; se van a buscar nuevas parcelas para venderlas despu�s. Por eso -comentaba Muelas- los ind�genas llamamos a los blancos y mestizos "hijos del viento". "Hijos del viento", huairapamushcas, los que no se quedan, los desarraigados, los que s�lo se detienen por un rato pa ra volver a marchar.

Muchos pueblos del pasado tuvieron una historia de viajeros: los egipcios unieron el Bajo con el Alto Nilo; los japoneses ocupa ron de Okinawa a Hokaido y, de isla en isla, fueron hasta Sahalin y las Aleutianas; los navegantes melan�sicos y micron�sicos exploraron el Pac�fico entero navegando de atol�n en atol�n; los chi nos se regaron por el Asia central; los mongoles cruzaron los Urales e invadieron Europa; los indios, los khmer, los hawaianos, los griegos, los cartagineses, los persas, los hititas, los fenicios, los . g�rmanos, los �rabes, fueron expedicionarios y conquistadores, terror y asombro de poblaciones que quedaban muy, muy lejos. Los vikingos, al parecer, tocaron Am�rica del Norte mucho antes que Col�n, y podemos decir que los antiguos romanos y los antiguos hebreos, o su legado, a�n siguen pasando los mares y venciendo las barreras orogr�ficas. Esos pueblos hicieron caminos, fortalezas y embarcaciones; representaron en sus mapas los confines del mundo; escribieron las cr�nicas de sus exploraciones y con ellas, y con su poes�a, dejaron a las culturas que les sucedieron en la historia el motivo del viaje como una met�fora universal de la vida y de muerte, del aqu� y del m�s all�: la Odisea, la Eneida, el �xodo, el Ramayana, que sirvieron luego de fuentes a los romances de la b�squeda del Grial, La Divina Comedia y el Quijote.

En Am�rica, adem�s de los caminantes del es trecho de Behring y de los cazadores y recolecores africanos o malayo-polin�sicos que llegaron hasta aqu�; adem�s de los esquimales, los al gonkinos, los nukak, los patagones; adem�s de los caribes y arawak, que encontraron los marinos de Col�n navegando mar adentro, fueron tambi�n viajeros quienes construyeron los grandes imperios: en el C�dice Boturini o la Tira de la peregrinaci�n (Tepic, Nay.: Gobierno del Estado de Nayarit, 1990) hileras de min�sculos pies descalzos muestran el recorrido de los antiguos aztecas desde las tierras de Aztl�n. Como huellas dejadas en el tiempo, esas marcas, pintadas con tintas oscuras sobre un largo papel, vadean r�os, remontan cordilleras, se sumergen en pantanos, se aglomeran en los lugares de enfrenta miento, de ritual o de descanso. Pasan por Tzompanco, donde est� el muro de cr�neos; por X�ltocan o el lugar de las ara�as de arena; por Amalinalpan, el de las hierbas acu�ticas; por Teclatan, el de la piedra de los sacrificios. Un mon te con cabeza de serpiente cascabel representa en su ruta a Coatitlan, otro, coronado por un chapulin --o saltamontes- se�ala Chapolt�pec. En el C�dice Ram�rex, y en otros, la peregrinaci�n azteca contin�a hasta que llega al prometido Tenochtitlan en la laguna de M�xico.

Los mayas fueron viajeros y tambi�n los de Tiawanacu. Los muiscas de nuestras mesetas cundiboyacenses recorrieron una extensa zona que a�n se reconoce por la toponimia. En el Vaup�s, las etnias tucano cuentan que sus ancestros resultaron del cuerpo de una anaconda que, en los tiempos antiguos, ascendi� por el r�o m�s importante del universo desde la Puerta de las Aguas hasta el centro del mundo, donde se rompi� en pedazos. De las partes, cabeza o lengua, segmentos del tronco, cola de esa serpiente, nacieron los sibs, clanes o fratr�as en que est� dividida ritual y territorialmente su sociedad. En otras versiones de ese mito, en vez de la anaconda, aparece el viaje de una canoa llena de ancestros o una procesi�n ancestral.

En fin, los propios incas o ingas, aquellos aludidos por Pablo Corral, pon�an en sus or�genes, una expedici�n. En los mitos, leyendas y cuen tos de los quechuas de Jes�s Lara, se lee entre otros pasajes el siguiente.

Estos ocho hermanos llamados ingas dijeron: "Pues somos nacidos fuertes y sabios y con las gentes que aqu� juntaremos seremos poderosos, salgamos de este asiento y vayamos a buscar tierras f�rtiles, y donde las hall�remos sujetemos las gentes que all� hubiera, y tom�mosles las tierras, y hagamos guerra a todos los que no nos re cibieren por se�ores".

Muchos pueblos del pasado fueron exploradores, ,.invasores, navegantes y viajeros. Pero, hay entre ellos alguna cultura con el desarraigo de la nuestra, la cultura occidental? El pueblo de Israel march� a la tierra prometida para asentarse all�; los aztecas anduvieron hasta donde el �guila sobre el nopal les indic� d�nde establecer su ciudad; los vikingos llegaron a Rusia, a Italia, a Terranova o al Labrador pero, como los marinos cartagineses, esquimales o trobriandeses, animados por la esperanza de regresar a sus caba�as a descansar. Los tucano han vivido en el centro del mundo y all� est�n; como los griegos, que viv�an en torno de Delfos y como los incas que habitaban en torno del Cusco, del ombligo del cosmos; otra met�fora de la tierra, que como la de Lorenzo Muelas, es maternal. Es cierto que los v�ndalos, los germanos, los mongoles, los indios, los chinos, los �rabes se dispersaron por el planeta; que lo mismo pas� con los romanos, y sobre todo, con los jud�os de la di�spora; sin embargo, parece haber un dictado profundo en nuestra cultura que nos hace romper toda fron tera e ir mucho m�s all�.

No admitimos las fronteras; en nuestra l�gica cultural, la frontera es repugnante: toda frontera es para ser corrida, toda barrera es para ser saltada. Eso contrasta a�n con las actitudes de los romanos y los �rabes. Cuando las tropas espa�olas luchaban en el norte de �frica para mantener su poder colonial, el caudillo rebelde del Sahara se dirig�a al comandante del ej�rcito enemigo dici�ndole: "T� eres el viento, yo soy el mar. Los dos nos levantamos enfurecidos y tempestuosos, pero yo, como el mar, tengo una orilla; t�, como el viento, no puedes parar". Huairapamushcas, desarraigados, los occi dentales no podemos parar.

En el Vaup�s, los hombres tumban la vegeta c��n de un pedazo de selva, queman esos despo jos y sobre las cenizas plantan granos de ma�z, yuca y algunas frutas. Poco despu�s, las mujeres con sus cestas recogen el ma�z y la yuca mientras la maleza comienza a crecer. Las frutas se recogen cuando la chagra es otra vez selva, y se ha abierto un nuevo huerto en otro lugar. La chagra torna a la selva y, en el tiempo, no hay una frontera entre la tierra cultivada y el paisaje natural. Un colono tumba la selva, tambi�n quema, tambi�n planta, pero vuelve a plantar en el mismo lugar, y sobre todo, amplia indefinida mente su parcela mientras tiene la posibilidad. "Hoy la frontera lleg� hasta aqu�, luego ma�ana debe estar m�s all�". Y la selva se extingue; para el colono, la frontera, como el viento, no puede parar. (...)

En nuestra cultura, ese es el caso de la parcela, pero tambi�n el de la ciudad y el del mundo entero; es el de la tierra, las cosas y las ideas: a nues tros reba�os trashumantes les es impos�ble parar.

No es dif�cil ad�vinar que en nuestra cultura, a diferencia de lo que pasaba en otras sociedades de viajeros, un dictado profundo nos impide parar. La iron�a de que aparezca la noci�n de huairapamushcas en la National Geographic subraya la sabidur�a de las met�foras de Loren zo Muelas y del caudillo n�rteafricano que hablaba del viento y el mar. Esa revista ha llegado a representar el paradigma de nuestro sue�o -que con frecuencia es pesadilla- de andar y de andar. En los muchos a�os de su existencia hemos visto en ella que descendemos al fondo del oc�ano, escalamos las c�spides m�s altas, penetramos las m�s oscuras junglas y hasta los organismos vivientes, volamos a la Luna, a Marte, a J�piter. Hemos visto que rompemos todos los records y barreras. Tambi�n hemos conocido que, por ello, lo que en millones de a�os de evoluci�n ha hecho la naturaleza, en un segundo se ha extinguido: flores, aves, peces, mariposas, arrecifes de coral. Que pueblos como los que acu�aron la idea de huairapamushcas, cultivaron la selva con el respeto de los tucano y preservaron su riqueza con sabidur�a y arte y poes�a, como la de las met�foras del mar y del viento, tambi�n se han acabado, muchas veces sin dejar huella de lo que fueron, hicieron y conocieron durante siglos. Somos hijos del viento con capacidad de volver todo viento; no somos el mar.

Hace mucho que vivieron Homero, Estrab�n, Plinio el Viejo y Plinio el Joven; as� tambi�n Meg�stenes, Tes�as de Kn�do, los cronistas de los viajes de Alejandro y de sus encuentros con blemias y cinoc�falos y de su vuelo hasta el cielo en una cesta tirada por buitres o por grifos. Despu�s vinieron otros. San Brandan, San Agust�n, Cosmas Indicopleustes, San Isidoro, Mandeville, Marco Polo, Pigafetta... Durante muchos siglos las culturas que han fluido hasta tributar en la nuestra han tenido la fantas�a de explorar y descubrir la forma del mundo y de sus seres.

No obstante, Alejandro con toda su falange no alcanz� en poder destructivo lo que consigue un rifle de repetici�n; un rifle como los que usaba Teodoro Roosevelt, quien admiraba tanto a los animales que por su �xito en matarlos se hizo h�roe y modelo de m�s de una generaci�n. Estos fueron los verdaderos cazadores de cabezas -o trofeos- que no siempre eran animales, pues, en las junglas de Tarz�n, a los salvajes y a las fieras se las mataba por igual. Todo ello era deporte, un lujo gratuito e in�til, desenfrenado, sin que se justificara por alguna necesidad. Era la cultura de la frontera que no respeta frontera: hoy estamos en Nueva Inglaterra, ma�ana en California, luego en las Filipinas, en Nuevo M� xico y en Panam�; cazamos bisontes en Colora do, rinocerontes en Kenia, tigres en la India, caimanes en el Orinoco o en Magdalena. Despu�s conquistamos el espacio exterior y los sembra mos de proyect�les, luego ser� la Luna y luego Marte, aunque all� no haya agua para envenenar. Ese era y todav�a es a veces el signif�cado de "progreso" y de "civilizaci�n". Pero con esas banderas se conquistaba y se conquista; en una cultura que no puede estarse quieta, dominan aquellos que llegan m�s lejos y matan m�s. La historia de la National Geographic es esa historia, como la de casi todos los productos excelsos de nuestro reciente pasado intelectual. En un sentido muy amplio, nuestro mito es el de Ca�n errante. (...)

Nuestra ciencia, nuestra econom�a, nuestra territorialidad, nuestros deportes son los pro ductos de los "hijos del viento". A veces, a pesar de nuestra agitaci�n, alcanzamos a notarlo; as� ocurre en muchos art�culos de la National Geographic y en las poes�as de Antonio Machado.

En esos momentos de conc�encia trascendemos los saberes -que nos son indispensables precisa mente porque somos como somos, pero cuya naturaleza es la de lo provisional- y vislumbra mos la sabidur�a. En esos �nstantes, el af�n del viaje, sin detener el viaje, se supera en la utop�a que fija un rumbo, y la b�squeda desordenada del r�cord abre paso a la raz�n. En Colombia, en donde a�n queda para�so terrenal con flores, p�jaros y mariposas, y donde se escuchan de vez en cuando las voces de quienes han visto desde hace tiempo pasar el tiempo, algo de utop�a y ra z�n ayudar�a a entender y a defender el enorme valor de lo que tenemos y a disfrutarlo sin destruirlo en la primera borrachera de ocasi�n: un pa�s con una de las m�s grandes megadiversidades biol�gicas, con m�s de sesenta lenguas vivas, con costas sobre dos mares oc�anos, con alta monta�a y selva c�lida pluvial, no puede disminuir sus sue�os a los de convertirse en una en sambladora de televisores, ni puede aceptar que sus bosques y sus Andes, los gigantescos Andes llenos de formas de vida sean tierra para el �guila y no para sus c�ndores, que sean arrasados, como los pinares y las enc�nas del poema de Machado, por los "hijos del viento".

Colombia necesita de Raz�n y Utop�a; a la segunda ya se le tiene en lo esencial. Se ha dicho que Colombia carece de proyecto, pero su proyecto, su Utop�a, es su Constituci�n. Un proyecto colosal, contradictorio quiz�s, pero, qu� proyecto verdaderamente importante no encierra contradicciones? Se necesita, claro, de la utop�a de la raz�n.

Guillermo P�ramo Rocha. Antrop�logo, profesor investigador de la Universidad Nacional.  Pr�logo del libro Escenarios Posibles de La Educaci�n.  Premio Nacional a la investigaci�n en Ciencias Sociales (El Espectador -  Ascun)

Tomado de La Revista de El Espectador, No. 38, 8 de abril de 2001

horizontal rule

 

 


Los inmigrantes

Un legado hecho historia

Por Jos� Fernando Hoyos, periodista de Semana

En Colombia, la presencia de los extranjeros siempre ha sido tan deseada como temida

Desde la Independencia de Colombia, entre la clase dirigente existi� la idea de que la llegada de los extranjeros era  necesaria para estimular el desarrollo del pa�s. Lo demuestra el extenso listado de leyes, normas y decretos expedidos entre 1821 y 1949, que buscaban fomentar que los for�neos vinieran y permanecieran en el territorio.

Sin embargo, a diferencia de otros pa�ses,  las normas y la falta de incentivos econ�micos impidieron que la fuerza lalaboral, econ�mica e intelectual de los inmigrantes llegara en la cantidad con que lo hizo en otros pa�ses como Argentina, Brasil y M�xico.

Colombia qued� pr�cticamente arruinada por la Guerra de Independencia, tard� en cambiar las estructuras econ�micas coloniales, su topograf�a agreste aislaba las regiones, sufr�a de inestabilidad pol�tica y, en especial, ten�a una exceso de mano de obra.  En suma, no era un destino atractivo.

Desde 1871, los extranjeros que empezaron a llegar en mayor n�mero al pa�s lo hicieron atra�dos por los recursos naturales y no por pol�ticas de Estado. Los que triunfaron, lograron convertirse en personajes que trascendieron la historia. Tambi�n ayudaron a crear esa admiraci�n de los colombianos por los for�neos, basada en la idea de que el desarrollo, el progreso y el cambio tienen que venir del exterior.

Sin embargo, la Ley 145 de 1888 comenz� a restringir el ingreso de extranjeros y a establecer causales estrictas para su expulsi�n. Con esta norma, Colombia pas� de tener una pol�tica marcada por el principio de "civilizar es poblar". a buscar una inmigraci�n m�s seleccionada.

Para la clase dirigente la raza de los colombianos explicaba el atraso y la pobreza del pa�s. Se requer�a inyectarle sangre nueva. `superior, preferiblemente de poblaci�n europea.

Pero al mismo tiempo, los gobiernos conservadores esperaban que esa inmigraci�n no alterara el orden social cat�lico. lo que hizo que los requisitos exigidos a los extranjeros se hicieran m�s estrictos. Y al contrario de la percepci�n general. una vez en el poder en 1930, los liberales siguieron alargando la lista de causales para permitir su expulsi�n. Como consecuencia de todos esos factores, nunca se produjo la ola de europeos con la que tanto so�aron quienes esperaban `mejorar la raza colombiana.

Colombia tampoco logr� desarrollar una pol�tica de inmigraci�n que aprovechara las circunstancias geopol�ticas. Por ejemplo, cuando se acab� la Uni�n Sovi�tica, no supo, como otros pa�ses de la regi�n, atraer a una parte importante de los miles de cient�ficos. acad�micos y deportistas que emigraron a Am�rica. Y lo peor es que, incluso hoy, a pesar de que los colombianos hacen gala de una gran hospitalidad y siguen mirando con admiraci�n a los extranjeros, el Estado somete a los inmigrantes a todo tipo de requisitos y obligaciones, sin importar si llevan una semana o 40 a�os en el pa�s.

Tomado de la Revista Semana No.1278, 30 de octubre de 2006

horizontal rule

 


EN BUSCA DEL COLOMBIANO PERFECTO 

El mestizaje se convirti� en una forma de exclusi�n social que a�n perdura. 

POR CARL HENRIK LANGEBAEK,
profesor del Departamento de Antropolog�a, Universidad de Los Andes

Colombia se imagina como un pa�s libre del problema del racismo, v�ctima del desprecio extranjero, pero rara vez culpable de comportamiento discriminatorio. Pero la verdad es que en este pa�s existen efectivos mecanismos de exclusi�n.  Para entenderlos, es necesario remontarse a finales del siglo XVI, a la Europa de Col�n.

En ese entonces, el mundo se entend�a como creaci�n divina. Cada grupo humano se caracterizaba por virtudes y defectos. La idea de raza era ajena a la Europa premoderna, puesto que el car�cter de la gente era determinado por el medio geogr�fico y los astros. La esclavitud, que hab�a estado en boga en la antig�edad, era en Europa una instituci�n en decadencia, pese a que los musulmanes segu�an activos en la trata de negros, y algunos cristianos comenzaban a aventurarse en el negocio.

A partir del siglo XVI, el Nuevo Mundo se convirti� en el continente de confluencia de negros, blancos a ind�genas, los cuales, desde el principio, comenzaron a mezclarse. Despu�s de poco tiempo, sin embargo, las mezclas probar�an ser peligrosas para el dominio espa�ol. El mestizo, hijo de ind�gena y blanco, termin� siendo sin�nimo de peligro social y resum�a los peores defectos de sus ancestros. A lo largo de los siglos XVII y XVIII, la sociedad cre� mecanismos de exclusi�n social que, aunque negociables (la pureza de sangre se pod�a comprar), aspiraban a que mestizos, gente de color o jud�os no ocuparan cargos importantes. Aun as�, a finales del siglo XVIII, la mayor parte de la poblaci�n era mestiza.

En esta �poca el criollo justificaba las diferencias mediante explicaciones cient�ficas que hac�an del negro un individuo libidinoso; del indio, un perezoso; del blanco, un civilizado. Ilustrados europeos,como el Conde Buff�n o Cornelius de Pauw, hab�an acusado al continente americano de ser muy joven y malsano. En respuesta, los criollos atribuyeron las diferencias entre ellos a los contrastes geogr�ficos de la naci�n. Aunque el indio fue utilizado como excusa para la guerra contra las espa�oles, la verdad es que el criollo, incluido Sim�n Bol�var, asum�a la inferioridad del indio.

No obstante, desde 1850 y debido a la literatura sobre la supuesta incapacidad de la raza blanca para sobrevivir en el tr�pico, el criollo desarroll� una nueva idea: el mestizaje lograr�a que la fortaleza del indio y del negro se unieran a las cualidades intelectuales del blanco para lograr una raza mestiza, capaz de alcanzar la civilizaci�n. La idea tuvo contradictores. Algunos insistieron en que la raza blanca garantizaba el futuro civilizado. Para otros, el progreso s�lo se alcanzar�a con la con formaci�n de una raza homog�nea.

Cuando en la segunda d�cada del siglo XX se inici� la pol�mica sobre la degeneraci�n de la raza colombiana, se concluy� que la estirpe racial nacional no hab�a tenido suficiente tiempo para confundirse en un solo tipo adaptado al tr�pico. De all� la necesidad de mejorar la raza nacional mediante campa�as higienistas, pero tambi�n la pol�tica de evitar la inmigraci�n, desde luego, de razas indeseables pero, as� mismo, de gentes civilizadas que no ayudar�an a formar un tipo adaptado al clima.

No es sorprendente que Colombia fuera una de las naciones m�s hostiles a la inmigraci�n. A los inmigrantes japoneses se les acus� de ser una raza "muy inferior f�sica y moralmente". Incluso los inmigrantes alemanes fueron se�alados de atentar contra las buenas costumbres cat�licas. Pocos meses antes de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno imparti� �rdenes de no recibir jud�os.

En la primera parte del siglo XX, el pensamiento racializado sobre el pa�s invad�a muchos de los aspectos de la vida nacional. Pensar el problema racial fue sin�nimo de reflexionar sobre el futuro de la patria. Desde el liberalismo, el mestizaje era positivo y serv�a como arma contra el imperialismo. Adem�s de ser una herramienta de muy dudosa validez, de alguna manera reforzaba la exclusi�n interna. Por ejemplo, cuando Jos� Mar�a Vargas Vila, famoso palad�n de la lucha contra el imperialismo norteamericano, atribuy� la facilidad de la penetraci�n capitalista a la "raza aborigen inerte y fatalista".

Desde la perspectiva conservadora, la visi�n sobre el mestizaje era pesimista e igual de excluyente. En 1928, Laureano G�mez consider� que los aportes espa�oles a la civilizaci�n no eran gran cosa; que los negros eran "rudimentarios" y que los ind�cenas ten�an el "rencor de la derrota".

Adem�s, que las mezclas eran "fisiol�gica y sicol�gicamente inferiores".Y, por �ltimo, que el extranjero era un elemento que atentaba contra la nacionalidad.

En ambos extremos se asum�a err�neamente que la gente val�a por su herencia biol�gica. En esa coyuntura, el Estado decide apoyar la antropolog�a, el estudio de las razas y culturas de Colombia. Pero en el curso de los siglos, la ideolog�a del mestizaje en Colombia hab�a pasado de ser rebelde a ser una estrategia m�s de xenofobia y negaci�n de la diversidad. -:

Tomado de la Revista Semana No.1278, 30 de octubre de 2006

horizontal rule