Cucuta Ciudad Capital Norte de Santander

Cucuta, Norte de Santander

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CÚCUTA (Norte de Santander). Fundada en 1773 por Antonio Villamizar Pineda con el nombre de San José de Cúcuta, en terrenos de Juana Rangel de Cuéllar, a quien se considera la también fundadora de la ciudad. Título de "muy noble, valerosa y leal" villa de San José de Guasimal del valle de Cúcuta por real cédula de Carlos IV, a 18 de mayo de 1792.


   
 

 

Es conocida como una importante ciudad comercial, debido a su ubicación fronteriza con San Antonio del Táchira en Venezuela. Un clima cálido de 28 grados C y paisajes que incluyen historia, cultura y tradiciones son sus más destacadas características. Es sede de importantes universidades, centros comerciales y punto de encuentro entre colombianos y venezolanos.

Moderna y emprendedora, tiene sus puertas abiertas para dar la bienvenida a los visitantes.

LUGARES PARA VISITAR

Cristo Rey. Desde sus 40 mt de alto, esta escultura de concreto y metal, orgullo de los cucuteños, permite apreciar el valle de Cúcuta. Es un símbolo representativo de la ciudad, que cautiva a propios y extraños.

Catedral de San José. Dueña de un gran valor histórico, es un tesoro preciado de la capital. Luego del terremoto de 1875 aún conserva parte de su arquitectura original. Es reconocida por haber servido como fortaleza contra las tropas conservadoras en el cerro del Cañón.

Palacio de la Gobernación.  La cúpula chata que lo caracteriza, y su diseño colonial, hacen de este edificio un atractivo valioso para turistas deseosos por conocer parte de la historia, cultura y vida de los cucuteños.

El Malen. Recreación y alegría son las palabras que definen este interesante lugar de movimiento y dinamismo. Se ubica a lo largo de una de las avenidas principales sobre el río Pamplonita y cuenta con espacios peatonales, infraestructura para la diversión de grandes y pequeños y zonas para degustar la cocina típica.

Casa de la Cultura y Artes de Norte de Santander.  Tiene como fin promover las actividades culturales de la región. Para ello cuenta con una hermosa estructura, y por supuesto, la importante tarea de involucrar a residentes y visitantes en las manifestaciones artísticas de la ciudad.

Plaza de Los Mártires. Rodeada de historias y mitos que le aportan un atractivo especial y misterioso. Al parecer era allí donde los soldados españoles fusilaban a los criollos antes del Grito de la Independencia.

Tomado del libro Guía de Rutas por Colombia, Puntos Suspensivos Editores, 2007


 

 


Cúcuta

por Cicerón Florez Moya

En sus 257 años de historia (1990), Cúcuta no ha cambiado de nombre, pero varias veces ha mudado de piel.

La ciudad nació de la buena disposición de una mujer, como solar de asentamiento y de trabajo. Se buscaba con este nuevo espacio, definir un lugar estable para vecinos urgidos de un entorno más propicio a sus sueños y sus vivencias cotidianas; a sus labranzas y a su culto.

Bastaron pocos años, a partir de la donación de las estancias por doña Juana Rangel de Cuéllar, para desarrollar un conglomerado de gentes emprendedoras, con orientación del mundo que estaba más allá, el cual se podía percibir y hasta alcanzar.

La vecindad de Venezuela abría caminos y a través de estos fue posible, en distintas etapas, acelerar el crecimiento de la nueva comunidad, ponerle un ritmo más positivo a las actividades comerciales, darle paso a codiciosos barones de la conquista y la dominación colonial, y también meter los vientos de la lucha libertadora, con la participación directa de Bolívar y de Santander.

Cúcuta ha sido así. Una ciudad, en todo tiempo, de puertas abiertas. Escenario de estrategias para luchas decisivas y de transacciones comerciales. Plataforma de audaces lanzamientos empresariales y ámbito de regocijos personales. Un puerto seco, receptor del más intenso movimiento fronterizo, capaz de acoger en un solo día un a tráfico de cinco mil vehículos y albergar una población flotante masiva, proveniente de todos los puntos y motivada por las más variadas ilusiones.

Ciento cuarenta y dos años después de su fundación, cuando la ciudad alcanzaba un desarrollo con identidad propia, Cúcuta recibió el golpe más desolador: un terremoto  abrió la tierra, derribó las viviendas y los edificios públicos, destruyó los bienes de sus habitantes y un buen número de estos pasó a la lista de los muertos y los desaparecidos. Pero, además, dejó sumida en la incertidumbre y la desesperanza a la comunidad sobreviviente. A partir de esa caída de aniquilamiento tuvo que comenzar su nueva etapa, resurgiendo de los escombros, como el ave fénix de las cenizas.

Después del terremoto, en cierta forma, se necesitó reinventar buena parte de la ciudad. Fue entonces cuando se trazaron las calles anchas y se construyeron las casas con previsiones antisísmicas, disponiendo de amplios espacios y utilizando materiales de la región, considerados como apropiados contra los posibles nuevos riesgos.

Esta también fue la ciudad que padeció un sitio asfixiante en los primeros años de este siglo, como parte de la guerra que libraban en el país liberales y conservadores. Y antes, con distancia de poco menos de una centuria, en 1813, había sido escenario de una de las batallas de la campaña libertadora, con el protagonismo del propio Simón Bolívar, para después, en 1821, convertirse en capital de la Gran Colombia, como sede que fue del congreso constituyente, enaltecido por una plana de próceres todavía olorosos a combates.

Ha sido, sin duda, Cúcuta una ciudad de piel variable, entre su fundación y estos nuevos tiempos, pasando por la campaña libertadora, el terremoto, el sitio y las otras etapas de su desarrollo. Canicular siempre, con los aires de su río Pamplonita, ahora aparentemente en extinción, su destino se cambia por ciclos. Así, tuvo el del petróleo, tras el descubrimiento de los yacimientos en el Catatumbo por las expediciones del general Virgilio Barco. Con su explotación llegaron para una parte de la población, tiempos de bonanza y de regocijo, y un nuevo modo de vivir, el cual dejó huellas aún visibles en el en torno urbano y en los recuerdos personales.

Además, aquí surgieron el ferrocarril, los textiles, la cerveza, otras industrias y un surtido comercio de importación a través del puerto venezolano de Maracaibo. Fueron años dorados, los cuales algunos evocan con nostalgia.

Otro ciclo resonante fue el de la explosión comercial de hace pocos años, estimulado por el desbordamiento de la moneda venezolana sobre un mercado de variadas ofertas nacionales con creciente demanda de parte de una clientela hecha para el consumo. La riqueza alcanzó un alto nivel en cabeza de colombianos de todas las procedencias, atraídas por la versión de un dorado que parecía ser inagotable.

Cúcuta fue en esa misma época una ciudad de abundancia económica. Creció en construcciones residenciales, en infraestructura hotelera, en su parque automotor, con vehículos último modelo comprados en Venezuela a precios muy inferiores a los de Colombia; subió de puntos la vida nocturna, con establecimientos de todo orden y clientela fija; la programación de espectáculos anduvo a la par con otras capitales importantes y en los escenarios actuaron artistas como Raphael, Rolando Lasserie, Leonardo Favio, Leonor González, Leo Marini, Mirla Castellanos y otros de la lista de las estrellas en ese momento; las excursiones al exterior eran copadas sin mucha promoción y, en general, las condiciones de vida fueron holgadas para buena parte de la población. Era una especie de rumba del bolívar venezolano.

A eso siguió, a partir de 1983, la gran depresión. La ciudad de la bonanza se sumió en la desolación y la pobreza, con lamentos que podían hasta partir el alma más desprevenida.

Pero fue necesario también sobreponerse a ese desastre económico, considerado como otro terremoto, con epicentro en las medidas monetarias asumidas por Venezuela en esa época, para hacerle frente a la erosión que ya se advertía en su terreno financiero.

Y la ciudad sigue allí, viviente, activa, con las mismas brisas del Pamplonita izadas entre los árboles, muchos árboles, que sirven de techo a la canícula, o replegadas de un modo indiferente ante el calor arrebatado hasta de 40 grados a la sombra en los veranos absolutos.

Además de cambiar de piel cíclicamente, Cúcuta crece. Le caen invasiones irregulares, para formar núcleos deprimidos o marginados, con gentes que se han venido de todas partes de Colombia, atraídos unos por Venezuela y otros por la posibilidad de encontrar su espacio aquí mismo. El contraste se forma con la otra cara de la ciudad, organizada, diseñada previamente, hecha de barrios o urbanizaciones residenciales para estratos a partir de una clase media aún capaz de subsistir.

Entre los 600 mil habitantes que viven, gozan, padecen y agonizan en Cúcuta, los hay de todos los rangos: comerciantes, industriales, obreros, ejecutivos, empleados, estudiantes, profesionales. Y un alto número de trabajadores informa les, repartidos entre las ventas ambulantes y las estacionarias y el tráfico de productos traídos de Venezuela para comercializarlos en las calles de la ciudad, siendo la gasolina uno de los más rentables, expendida en las vías públicas o en casas de diferentes barrios. Un producto caliente con compradores garantizados debido a la diferencia  de precio con el combustible colombiano.

El malecón es una de las obras de Cúcuta mejor concebidas. Un espacio público utilizado por toda la comunidad, extendido a lo largo de una avenida principal y sobre la línea del río Pamplonita. Cuenta con escaños de descanso, áreas peatonales e infraestructura para juegos infantiles y recreación general. También para el comercio gastronómico. Dispone de zonas verdes y un teatro al aire libre. Es el punto de concurrencia de los cucuteños. Cada cual con su particular motivación. Fue iniciado por Margarita Silva Colmenares, hoy alcaldesa de la ciudad, durante su gestión como gobernadora en 1984.

Cúcuta es una ciudad abierta a la cultura. El teatro, la música, el cine selectivo, la tertulia literaria, la danza y las artes visuales tienen espacio y cuentan con público. Treinta años atrás comenzó uno de los movimientos más fértiles en ese campo. Lo dirigía Eduardo Cote Lamus, cuya memoria sigue rondando estas tierras, igual que Jorge Gaitán Durán, el otro poeta de muerte accidentada y trágica.

Dos universidades, en constante emulación por sobresalir, le aportan a la región una nueva proyección en la formación académica. Pero requieren un mayor impulso. Son, de todas maneras, necesarias.

Y, además de todo eso, la ciudad se distensiona y se divierte en su transcurrir cotidiano con múltiples recursos salidos de su propia existencia. Los deportes, la vida nocturna, el turismo interno, las ferias -la industrial y la del calzado, principalmente- animan a su población, la cual encuentra en esta zona de frontera suficientes motivos para ser como es.

Tomado de la Revista Diners No.239, febrero de 1990


 


Herencia motilona

La mitología quiso que los primeros habitantes de Santander del Norte fueran duendes, y la ciudad de Cúcuta, un lugar mágico de reunión de espíritus juguetones. Por eso, la visita a este sector del brazo oriental de la Cordillera de los Andes está llena de misterio.

La visita a este departamento es sin duda un encuentro con la historia nacional, con los próceres, con la belleza de sus parques naturales, con escenarios insuperables en sus alrededores, como el parque natural Los Estoraques y tradiciones únicas que sólo se pueden dar en un lugar fronterizo como lo es Cúcuta, ubicada cerca de la línea imaginaria que separa a Colombia de Venezuela.

Un recorrido por Cúcuta se puede iniciar por la Avenida Cero o Avenida Simón Bolívar, que se desarrolla de sur a norte a lo largo de la ciudad, desde el río Pamplonita. Por esta vía se pasa por prestigiosos centros comerciales y financieros, zonas recreativas, hoteles, teatros, parques y restaurantes donde se puede degustar la gastronomía propia del departamento.

Otros paseos infaltables para descubrir la magia de Cúcuta son: un recorrido por el centro urbano, donde se localizan la Catedral de San José y el Palacio de la Gobernación; la visita a los monumentos como la Columna de Bolívar, que es un homenaje a la batalla naval de Maracaibo; la Victoria de Boyacá, el Ferrocarril, Francisco de Paula Santander y Cristo Rey

Después se debe emprender una travesía hasta la Villa del Rosario, a siete kilómetros de la capital departamental. Este municipio alberga uno de los legados históricos más importantes de Colombia, como es la casa natal del General Santander, que se encuentra en perfecto estado; el templo del Congreso, donde se redactó la primera Constitución Política de la Gran Colombia; la casa de La Bagatela, donde funcionó el Poder Ejecutivo en el año 1821, y la Capilla de Santa Ana, de la cual no quedan sino los cimientos y en la cual, según dice la historia, fue bautizado Francisco de Paula Santander.

Pero aún hay más misterios por descubrir en el departamento, como los que los duendes escondieron en Pamplona, ciudad de gran importancia tanto en la actualidad como en la época de la Independencia. Esta es una ciudad estudiantil con numerosas instituciones académicas de gran calidad en todos los niveles y atractivos de gran belleza arquitectónica como son el Templo del Humilladero, la Catedral, el Palacio Arzobispal, el Museo de Arte Religioso, que posee invaluables obras de arte colonial, el Museo de Arte Moderno y el Museo Anzoátegui.

Hay otros pueblos nortesantandereanos de insuperable belleza, con senderos tropicales, cascadas y lagunas y con cautivadora arquitectura en la que no faltan las calles empedradas, los balcones, los viejos conventos, las iglesias y las capillas, que son motivo suficiente para seguir el peregrinaje por el departamento.

Pero ese inexplicable gusto por salir del país, allí se hace más latente por estar en el límite con Venezuela, y por eso el tour reclama una salida bien sea a Táchira o a San Cristóbal, donde el plan es ir de compras y probar la gastronomía típica del país vecino.

GASTRONOMÍA

Las recetas más emblemáticas de Cúcuta son el masato, las arepitas fritas, las hallacas -una especie de tamal-, los callos con garbanzo -una herencia española-, el chivo y el postre cortado de leche de cabra. Delicias que también se pueden probar en los prestigiosos restaurantes de comida criolla que se encuentran a lo largo del malecón, una calle de cinco kilómetros encajonada entre el río Pamplonita y un bosque bellamente iluminado donde hay pizzerías, heladerías y casetas populares en las que propios y extraños se deleitan con la más variada música popular, que va desde una papayera hasta un grupo vallenato.

La actividad cultural de la ciudad se desarrolla en la Casa de la Cultura, fundada en 1960 y que actualmente es sede de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Pamplona. La Torre del Reloj, que además de ser la sede administrativa de la Secretaría de Cultura y Turismo, es un bello monumento donde se desarrollan actividades culturales. El Banco de la República posee salas adecuadas en su área cultural para exposiciones de arte y presentaciones artísticas.

CIUDAD DE MONUMENTOS

Cúcuta posee parques como el Mercedes Abrego, el Colón, el Santander y el Antonia Santos, que se convierten en sitio de encuentro y recreación para los habitantes de la ciudad.

Los monumentos erigidos en la ciudad y más visitados por los turistas son:

La Columna de Bolívar, un monumento de concreto de seis metros de alto que conmemora la Batalla de Cúcuta, librada por Simón Bolívar contra las huestes españolas comandadas por el coronel Ramón Correa, el 28 de febrero de 1813.

El Monumento a Padilla, un obelisco erigido en honor del Almirante Padilla en 1923.

La estatua del General Santander, ubicada en el parque que lleva el mismo nombre.

El busto de Juana Rangel de Cuéllar, la estatua del Indio Motilón en la Estación Cúcuta, frente a la Terminal de Transportes; el Monumento del Balancín, en el barrio El Colsag; el Monumento a la Locomotora, ubicado en la Terminal de Transportes; la escultura del maestro Negret que rinde homenaje a la Maternidad, en la entrada de la Fundación Barco. El Monumento al Padre Rafael García Herreros, ubicado en ja redoma del puente que que se construyó como prolongación de la Avenida Cero.

PARA CONOCER LA HISTORIA DE CUCUTA

Un nuevo sitio turístico, obligado para los visitantes de la ciudad, lo constituye la Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero. Con sus 10 mil metros cuadrados alberga un hermoso recinto para la cultura y el esparcimiento.

Allí todos sus visitantes podrán acceder al archivo histórico del departamento y del municipio de Cúcuta, los registros notariales, los más actualizados libros de consulta para grandes y pequeños y una enorme variedad de documentos para ilustrar a estudiantes, investigadores y lectores aficionados.

Para los amantes de la tecnología, la Biblioteca Julio Pérez Ferrero tiene reservada una moderna sala de consulta, dotada con equipos con tecnología de punta, acceso a Internet y servicios en red.

AUGE DE LA CONSTRUCCIÓN

Hay tres factores que han incidido en el incremento de la construcción y en la atracción de inversionistas de primer orden. El TLC, la confianza generada a nivel departamental y la amplitud del área metropolitana.

Inversionistas de la talla de Pedro Gómez y Ospinas hicieron un estudio previo de mercadeo y se dieron cuenta del potencial económico que tiene la ciudad. En la actualidad existen proyectos de gran envergadura como Ventura Plaza de Ospinas y Unicentro de Pedro Gómez que acaba de abrir sus puertas al público.

Después de varios años de estudio de la Comisiones Binacionales Fronterizas, acaba de aprobar las Zonas de Integración Fronterizas (ZIF) que permitirán el libre tráfico de personas y mercancías entre municipios de Norte de Santander y el estado Táchira.

Tomado del periódico El Espectador, 17 de diciembre de 2006


 


CÚCUTA: Ciudad comercial y fronteriza

por Jorge Augusto Gamboa M.
 

La mejor manera de comprender la historia de la capital del Norte de Santander es considerando su situación fronteriza y su vocación comercial. Cúcuta ha sido una frontera en múltiples sentidos: geográficos, políticos y culturales. Se sitúa donde termina la zona montañosa y empieza el valle cálido del río Zulia, que luego forma la gran cuenca del Lago de Maracaibo. Gentes de climas fríos y culturas andinas se han encontrado desde hace miles de años en este lugar con gentes de tierras calientes y selváticas. El desarrollo de la colonización española en el siglo XVI convirtió la región en el límite político-administrativo de lo que más tarde serían las repúblicas de Colombia y Venezuela y a la ciudad en un puerto seco de entrada y salida de mercancías que fue determinante en el desarrollo de su historia. Cúcuta ha sido prácticamente desde sus inicios un lugar para el comercio y un cruce de caminos.

LOS HABITANTES PREHISPÁNICO Y LA CONQUISTA ESPAÑOLA

Cucuta en 1875Sabemos que el valle de Cúcuta fue habitado desde hace por lo menos unos 16.000 años por grupos de cazadores y recolectores que vivían de cazar grandes animales hoy extintos como el mamut o el mastodonte. Eran sociedades pequeñas, unidas por lazos de parentesco, que manejaban grandes territorios por los cuales se desplazaban cíclicamente, al ritmo de las migraciones de los animales y de las cosechas de las plantas que recolectaban. Después de algunos miles de años, adoptaron un modo de vida más sedentario y se dedicaron a la agricultura intensiva. Formaron pequeñas aldeas que con el paso del tiempo fueron creciendo y su organización social se transformó en sociedades tribales y cacicazgos, donde aparecen jefes, consejos de ancianos y otras formas de jerarquización. Fue precisamente este tipo de sociedades lo que los españoles encontraron cuando llegaron a la zona en la primera mitad del siglo XVI.

En la tradición local se ha dicho siempre que los indígenas que poblaban la región en los tiempos de la Conquista eran los llamados “motilones”, que se hicieron famosos por su belicosidad. Incluso es un nombre que se utiliza actualmente como sinónimo de cucuteño. Pero esto no es correcto. Los españoles llamaron así a unos grupos que vivían en las tierras selváticas de la cuenca de los ríos Zulia y Catatumbo, que habitaban mucho más al norte. Los habitantes del valle de Cúcuta tenían poco que ver con ellos. Además, bajo el sobrenombre de “motilones” se agruparon varias étnias cuyo nombre verdadero era diferente. Realmente, las gentes del valle de Cúcuta fueron considerados por los españoles un poco más afines a los cacicazgos de la zona montañosa del Norte de Santander que también llamaron incorrectamente “chitareros”. Pero es probable que tampoco estén muy emparentados con ellos. Lo más correcto, dados nuestros conocimientos actuales, es considerar que el valle de Cúcuta en el momento de la llegada de los conquistadores estaba habitado por sociedades tribales y cacicazgos dedicados a la agricultura y a otras actividades, que probablemente hablaban una lengua de la familia chibcha y compartían con los llamados “chitareros” algunos rasgos culturales. Había varios asentamientos y el más grande fue el que le dio su nombre al lugar, aunque existieron otros como los táchiras, tamocos, camaracos, etc.

Las primeras expediciones españolas recorrieron la zona a comienzos de la década de 1530 provenientes desde el Lago de Maracaibo. Sin embargo no se establecieron ni lograron una colonización efectiva. Se sabe que un grupo al mando del conquistador alemán Ambrosio Alfinger llegó hasta el valle de Chinácota donde perdió la vida a manos de los indios hacia 1532. Eso sirvió para que se creara la fama de belicosos que los acompañó en las décadas posteriores. En la década siguiente hubo otros intentos de colonización, pero fue la expedición comandada por Pedro de Ursúa y Ortún Velasco que partió desde Tunja a finales de 1549, la que logró un control más o menos efectivo de la región. Ursúa y Velasco fundaron ese año la ciudad de Pamplona, en la zona fría y montañosa y enviaron hombres a explorar hacia el norte, encontrando el valle de Cúcuta. Luego de varios años de guerras y negociaciones, los indígenas se sometieron a la Corona y fueron entregados en encomienda a varios vecinos de Pamplona. A partir de entonces empezaron a darles tributos y a trabajar para ellos en diversas labores agrícolas, ganaderas y mineras. Pero la zona se mantuvo como una región de frontera con poca presencia española. Los indios de Cúcuta daban pocos tributos y estaban muy lejos de las minas de oro y plata de la región. Por lo tanto no tuvieron que sufrir este penoso trabajo, pero si fueron empleados en las canoas que empezaron a utilizarse por el río Zulia. Esta se convirtió en una arteria fluvial muy importante que comunicaba al Nuevo Reino de Granada con el Lago de Maracaibo, desde donde se establecía la conexión con Europa.

El régimen de la encomienda y las enfermedades de origen europeo para las cuales no tenía defensas generaron pronto una gran disminución de la población nativa en toda la provincia de Pamplona y en el valle de Cúcuta en particular. Hacia 1560 las encomiendas de Cúcuta podían tener unos 700 hombres en edad productiva, pero ochenta años después, hacia 1640 la encomienda que tenía por aquel entonces Cristóbal de Araque, descendiente de los primeros conquistadores, tan sólo tenía 54 hombres aptos para el trabajo, entre cúcutas, tamocos, camaracos, cabricaes y cacaderos. La disminución había sido entonces superior al 90%. Pero la crisis demográfica se había atenuado en las primeras décadas del siglo XVII con las medidas que empezó a tomar la Corona para proteger a la población nativa de toda América. Se mejoraron sus condiciones laborales, se controlaron los abusos de los encomenderos, se intensificó la evangelización y se procuró proteger la propiedad de la tierra de los nativos dándoles resguardos para que hicieran sus cultivos y organizándolos en pueblos al estilo español. Este fue el origen de la primera fundación hispánica de Cúcuta. Por el año de 1622, el visitador Juan de Villabona y Zubiaurre recorrió la provincia de Pamplona llevando a cabo este programa de reformas. Dictó una serie de medidas que transformaron la vida de las comunidades indígenas de toda la región, incluyendo a las de Cúcuta. En 1623 ordenó que los indios del valle se congregaran en un pueblo y les asignó un resguardo. Ese es el origen del que sería llamado luego San Luis de Cúcuta, que fue el primer poblado fundado en el valle. Probablemente quedaba en la margen oriental del río Táchira, donde hoy en día es el barrio San Luis.

DE PUEBLO DE INDIOS A VILLA DE MESTIZOS EN EL SIGLO XVIII

San Luis era una pequeña aldea cercana a las tierras del resguardo que poco a poco fue creciendo. Sus habitantes estaban dedicados a la agricultura, la ganadería y el transporte fluvial. Algunos blancos y mestizos empezaron también a establecerse en el valle, con lo cual la población se estabilizó. En las primeras décadas del siglo XVIII se introdujo el cultivo del cacao en toda la región y empezó un periodo de bonanza. El cacao era exportado hacia Europa y las otras colonias americanas por la vía del Lago de Maracaibo y muchas personas empezaron a formar haciendas cacaoteras cercanas a los ríos que permitían el transporte del producto. Llegaron algunos vecinos de Pamplona, varios mestizos pobres en busca de trabajo y una gran cantidad de esclavos negros para las haciendas y la conducción de canoas. Ellos fueron el origen del segundo asentamiento hispánico del valle. La población blanca y mestiza que vivía en las márgenes y al interior del resguardo de Cúcuta quiso independizarse tanto en lo civil como en lo religioso del pueblo de indios y logró que se autorizara la fundación de una parroquia hacia 1733. Se dice que una matrona vecina de Pamplona llamada Juana Rangel de Cuéllar, descendiente de los primeros conquistadores, donó unos terrenos en su hacienda llamada Guasimales para que allí se hiciera la fundación. El sitio exacto al parecer se llamaba Tonchalá, en el margen occidental del río Táchira, a uno o dos kilómetros de San Luis. La parroquia fue llamada San José de Guasimales o San José de Cúcuta.

El auge del cacao y del comercio hacia la capitanía de Venezuela hizo que llegaran más gentes y la población empezara a crecer. Poco a poco se formaron otros asentamientos un poco más al sur que también quisieron ser parroquias y villas. Así nació el tercer poblado del valle, unos kilómetros al suroriente. Fue El Rosario, que por aquel entonces era un sitio más poblado que San José y San Luis. En 1773 se organizó como parroquia a partir de una donación de Ascensión Rodríguez. Recibió en 1780 el título de villa y una década más tarde, hacia 1792, San José sería elevada al mismo rango. Las dos nuevas villas y el pueblo de indios de Cúcuta quedaron subordinados a Pamplona que siguió siendo la capital de la provincia durante varias décadas.

EL FINAL DE LA COLONIA Y LA INDEPENDENCIA

Al comenzar el siglo XIX el comercio por los puertos sobre el río Zulia se diversificó, se intensificó y las villas siguieron creciendo. Hacia 1808 los productos más importantes eran el cacao, el añil y el café. El corregidor Joaquín Camacho comentó ese año que la prosperidad de Pamplona ya se debía a las haciendas de cacao de sus vecinos en el valle de Cúcuta y al comercio que desarrollaban por el puerto de Los Cachos, en el sitio de Limoncito, sobre el río Zulia hacia lugares como Barinas, las islas del Caribe y Europa. Eso había atraído también algunos inmigrantes europeos y destacó la colonia catalana establecida en San José. Sin embargo un gran obstáculo para el desarrollo de la villa era el mal estado de los caminos. Afortunadamente los ríos eran fácilmente navegables. Camacho calculó la población de las dos villas en unos 2150 habitantes y en el pueblo de Cúcuta todavía se contaban unos 660 indios.

Esta era la situación en la víspera del rompimiento con España. Dos años más tarde, la crisis política en la metrópoli y las guerras napoleónicas precipitaron la ruptura de las colonias americanas con su madre patria y la región se vio afectada por los movimientos de formación de juntas de gobierno que se dieron por toda la América española. El 4 de julio de 1810 la élite pamplonesa se levantó contra el gobernador español y lo depuso. A finales del mismo mes se organizó una junta que gobernó a nombre de Fernando VII, tal como se hizo en las demás provincias del imperio. San José y El Rosario mostraron su apoyo a estos movimientos. La región mantuvo su lealtad a la Corona, pero en 1813 se declaró la independencia formalmente. La lucha entre los ejércitos patriotas y españoles que empezó a continuación afectó a las villas de San José y El Rosario notablemente. Las tradiciones locales hablan de algunos personajes que se destacaron en esta coyuntura. Entre los más importantes está doña Mercedes Abrego de Reyes, una costurera que se dice que le cosió una casaca al coronel Bolívar cuando sus tropas pasaron por San José. Cuando las tropas realistas retomaron la villa en octubre de 1813 fue condenada a muerte por su ayuda a los rebeldes. También se destacan los hermanos Ambrosio y Vicente Almeida que formaron guerrillas patriotas que operaron durante la reconquista española, entre 1813 y 1817. Luego huyeron a los Llanos Orientales donde se unieron al Ejército Libertador y participaron en las batallas más importantes. Después de la victoria obtenida en Boyacá entraron con los vencedores en Santafé en agosto de 1819 y se establecieron en esa ciudad.

La Villa del Rosario se ha hecho famosa por haber sido la cuna del general Francisco de Paula Santander (1792), quien era hijo de un hacendado del cacao y se convirtió luego en uno de los máximos dirigentes patriotas, llegando a ser varias veces presidente de la naciente república y uno de sus organizadores institucionales. El Rosario también fue elegida como sede para la realización del Congreso de 1821 que inició labores el 6 de mayo con la presencia de diputados de Cundinamarca y Venezuela, con el fin de crear un Estado independiente llamado la Gran Colombia, conformado por la capitanía de Venezuela y el virreinato de la Nueva Granada. El Congreso fue presidido por Antonio Nariño y sesionó en la iglesia de la villa, lugar que aún se conserva aunque en ruinas por haber sido destruida en el terremoto de 1875. El proyecto de la Gran Colombia, sin embargo, tuvo una corta duración porque en 1830 se rompió la unión y se formaron las actuales repúblicas de Colombia (que incluía Panamá), Venezuela y Ecuador.

SIGLOS XIX Y XX

Iglesia de San JoseEl fin de la guerra y la formación de la república significaron un nuevo aire para el comercio, en especial para la villa de San José, la mejor situada geográficamente para servir de puerto seco. El fin del monopolio español permitió la participación abierta de otras naciones como Inglaterra y Francia en el intercambio comercial y esto trajo nuevas oportunidades. Se establecieron más colonias extranjeras y nuevos productos se empezaron a transportar para abastecer los mercados internacionales. El cacao, el café y el añil siguieron siendo importantes, pero se agregaron la panela, el tabaco, y la quina, entre otros. También los famosos sombreros de jipijapa elaborados por los artesanos de las regiones aledañas. El aumento en la actividad comercial llevó a un mayor desarrollo de la villa de San José, que empezó a predominar sobre los demás asentamientos del valle. El pueblo de San Luis terminó siendo absorbido por San José y la villa del Rosario se estancó en su crecimiento. Hacia 1850 se creó la Provincia de Santander y San José de Cúcuta se designó como su capital. Fue un reconocimiento a su desarrollo. Luego, en 1859 fue la capital del Departamento de Cúcuta, perteneciente al Estado Soberano de Santander. Estos cambios significaron su independencia de Pamplona, que hasta ese entonces había sido la ciudad dominante de la región. En términos demográficos, hacia mediados de la década de 1860, Cúcuta superó a Pamplona en número de habitantes. Mientras la antigua capital de provincia se estancaba, Cúcuta florecía. Desde 1854 aparecieron los primeros periódicos como La Prensa, luego hubo otros como La Dulcinea y El Comercio. El primero que funcionó diariamente lo hizo desde 1871 y fue el “Diario del Comercio”, dirigido por don Francisco de Paula Andrade. Desde 1874 se estableció el telégrafo. Por aquel entonces la ciudad tenía unos 12 barrios, con 2 plazas, unas 3 iglesias, el consulado de comercio, 137 establecimientos comerciales, 72 industriales, un colegio, 2 teatros y otra serie de instituciones que dan una idea de su desarrollo. La población ya llegaba a unas 8000 almas.

Pero la pujante ciudad sufrió un duro golpe de la naturaleza que frenó un poco su desarrollo. En la mañana del 18 de mayo de 1875 un fuerte movimiento sísmico acabó con la mayoría de las poblaciones del valle de Cúcuta. La ciudad fue prácticamente destruida y se calcula que hubo cerca de 500 muertos. Sin embargo, la ayuda del gobierno y de los particulares llegó pronto y se emprendió la reconstrucción en el mismo emplazamiento que tenía, con un trazado urbano más moderno. La fisonomía actual del centro de Cúcuta se debe a este plan de reconstrucción, que se hizo pensando en una ciudad de unos 25.000 habitantes, pero a comienzos del siglo XX esta cifra fue ampliamente rebasada. La ciudad renació en los años siguientes y siguió con sus planes de desarrollo. Se construyó el tranvía, se abrieron varios caminos hacia el río Zulia y hacia Venezuela y se empezó la construcción del Ferrocarril de Cúcuta. Este fue el proyecto más importante para la ciudad a finales del siglo XIX y comienzos del XX, ya que impulsó el comercio de una forma nunca vista. Desde 1865 se venía mejorando el camino que unía a la ciudad con el puerto de San Buenaventura, sobre el Zulia y en 1876 se firmó el contrato para construir una vía férrea. Las obras empezaron en 1879 y en junio de 1888 los rieles llegaron a los suburbios del norte de la ciudad. Se construyeron tres líneas. La primera hacia el norte para alcanzar el río Zulia. La segunda al sur para enlazar con el interior del país y la tercera al oriente para unirse con Venezuela.

Cúcuta también sufrió durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902) porque fue escenario de algunas acciones bélicas. Fue sede de un gobierno revolucionario liberal. Después de la batalla de Palonegro (10-25 de mayo de 1900) algunos batallones liberales se refugiaron en la ciudad que fue sitiada por los conservadores desde el 11 de junio. Al cabo de 35 días de asedio la plaza fue tomada. Después de la guerra, las actividades comerciales se reanudaron y Cúcuta continuó con su expansión. Desde 1910 se creó el actual Departamento del Norte de Santander y Cúcuta fue elegida como su capital. El ferrocarril siguió funcionando y vivió su momento de mayor actividad en la década de 1920. Sin embargo, a mediados de la década de 1930 empezó a decaer. La línea de la frontera dejó de funcionar en 1933. Tres años después lo hizo la línea del sur. La del norte sobrevivió hasta 1960 cuando detuvo sus actividades definitivamente. El ferrocarril había dejado de ser el medio de transporte preferido para la actividad comercial y fue reemplazado por los automóviles y camiones que aprovecharon el mejoramiento de las vías y el bajo costo de la gasolina. Desde entonces este ha sido el medio predominante, desplazando la tradicional ruta fluvial por el río Zulia y el ferrocarril que dependía de ella.

La segunda mitad del siglo XX ha significado para Cúcuta un desarrollo vertiginoso. Su destino económico y cultural está fuertemente atado a su situación fronteriza. Lo que sucede en Venezuela repercute ampliamente en la ciudad, que ha visto épocas de crisis y bonanza en sintonía con lo que sucede en el vecino país. Grandes empresas se han establecido en la ciudad, se han emprendido obras públicas de gran magnitud, como el Aeropuerto Internacional Camilo Daza, que funciona desde la década de 1970. Más recientemente se han construido centros comerciales y se han adecuado muchas vías. Si se observan las cifras de población se puede apreciar que desde la década de 1950 la ciudad ha multiplicado varias veces su tamaño, pasando de unos 100.000 habitantes a unos 600.000, que superan el millón si se tiene en cuenta toda su área metropolitana. A pesar de que se viven tiempos de crisis económica e incertidumbre, la historia de Cúcuta ha demostrado que sus habitantes han sabido sortear las dificultades y salir fortalecidos de las adversidades. En este caso, esperamos que la historia siempre se repita.

AÑOS NÚMERO DE HABITANTES
1560 2.608
1641 216
1808 2.147
1817 2.295
1825 2.648
1843 4.590
1851 6.353
1864 7.345
1870 9.226
1896 17.475
1912 25.955
1918 29.490
1923 40.151
1928 49.279
1938 57.248
1951 95.150
1964 175.336
1973 290.852
1985 379.478
1993 482.490
2005 587.676

BIBLIOGRAFÍA

Colmenares, Germán. Encomienda y población en la provincia de Pamplona, 1549-1650. Bogotá: Universidad de los Andes, 1969.

Febres-Cordero, Luis. Del antiguo Cúcuta. [1917] Bogotá: Antares, 1950.

Febres-Cordero, Luis. El terremoto de Cúcuta. Bogotá: Banco Popular, 1975.

Rodríguez Lamus, Luis Raúl. Los correos y las estampillas de Cúcuta y del Norte de Santander. Bogotá: Gente Nueva, 1983.

Tovar, Hermes, Camilo Tovar y Jorge Tovar. Convocatoria al poder del número. Censos y estadísticas de la Nueva Granada, 1750-1830. Bogotá: AGN, 1994.

Tovar, Hermes, Luis E. Rodríguez y Marta Herrera. Territorio, población y trabajo indígena. Provincia de Pamplona, siglo XVI. Bogotá: Icch, 1998.

Tomado de: Revista Credencial Historia.  (Bogotá - Colombia). Edición 234, Junio de 2009