Saul Orduz

Sogamoso, Boyaca

Fotografos

Figura Humana

 

Saúl Orduz

fotógrafo


Bogotá, Agosto 13 de 2004. - “La memoria gráfica de Saúl ORDUZ”, una exposición fotográfica única del reconocido pionero de la fotografía aérea en Colombia   es la que la Fundación Gilberto Alzate Avendaño presenta a los capitalinos y sus visitantes. 

Saúl Orduz, nacido en 1922 en Sogamoso – Boyacá, siendo bachiller a los 13 años y no encontrando más que hacer en su ciudad natal,  decide trasladarse a Bogotá a finales de la década de los 30, donde desempeña tareas como "office-boy” para la Sección de Aeródromos de Avianca, y simultáneamente aprovecha los laboratorios fotográficos de SCADTA (Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos) para incursionar de manera empírica en las técnicas de laboratorio fotográfico. Así es, que como aprendiz y practicante en diferentes empresas, Orduz comienza su formación en el campo de la fotografía desde muy joven. 

Entre 1940 y 1949, gracias a su insistente apego a la fotografía, Orduz se vincula a la Fairchild Aereal Survey, empresa de aerofotografía que atendía a compañías de petróleo en el país.  Allí bajo la tutela de su director Gunar Liky,  se entrena formalmente en técnicas de laboratorio, manejo de cámara y fotomuralismo, convirtiéndose en experto técnico en aerofotografía (que requería por supuesto completar horas de vuelo) para finalmente ascender laboralmente hasta convertirse en Jefe de Laboratorios. 

Pero ORDUZ, a pesar de que sus fotografías aéreas le merecieron portadas de revistas y periódicos de circulación nacional, hoy no  solamente se le  reconoce por ese tipo de fotografías,  si no que también a través de la lente y su mirada  perpetuó imágenes   citadinas, personajes inolvidables de la vida artística y política a nivel nacional e internacional que hacían noticia en los más de 50 años de trabajo de este fotógrafo. 

Su lente capturó en el tiempo y en el espacio las imágenes  de una histórica e inolvidable Bogotá, donde las calles, sus gentes y diferentes espacios urbanos evocan a los espectadores en momentos únicos e irrepetibles de la ciudad y de sus vidas.

TRAYECTORIA 

Con más de mil gráficas aéreas de la ciudad logradas desde 1960, las cuales  debían  tomarse a una altura rigurosa de  800 píes donde había que   remover  los párales que van del ala al cuerpo de la avioneta, para permitir ampliar el campo de visibilidad  y  hacer un mejor registro del objetivo, entre otros trabajos realizados durante este período, es de destacar la primera expedición de fotografía aérea que se hizo sobre la Región del Caquetá y cuya responsabilidad recayó en Saúl Orduz, quien finalmente ascendió laboralmente convirtiéndose en Jefe de laboratorios.  

Años más tarde como fotógrafo independiente, Orduz fue contratado por el Doctor Luis Barriga, Director del Museo del Oro en Bogotá para realizar el primer registro fotográfico de las piezas de la colección.  Su vinculación al Banco de la República le permitió registrar  la Imprenta de Billetes, sus salones, las máquinas, proyectos y el acceso de diversos invitados especiales con personalidades tales como el General Gustavo Rojas Pinilla entre otros.  

Orduz fue encargado de fotografiar la demolición del Hotel Granada y la construcción, en el mismo emplazamiento, del nuevo edificio del Banco de la República, así como del registro gráfico de la inauguración de la Represa del Neusa, a cargo del Doctor Urdaneta Arbeláez -obra financiada por el mismo Banco-. 

Los registros de la Catedral de Sal de Zipaquirá,  la iniciación de las obras de   Chingaza, Guavio y  Chivor, que incluso le dieron la vuelta al mundo y que fueron vistas por primera vez en los medios impresos se le deben a Saúl ORDUZ, quien por la época era el fotógrafo oficial

Información suministrada por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, agosto de 2004

 

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Saúl Orduz Vega nació hace 78 años en Sogamoso (Boyaca). Como para la mayoría de jóvenes de su época, trabajar en Bogotá era una de sus más queridas aspiraciones, la cual hizo realidad cuando se vinculó como mensajero en la sección aeródromos de Avianca. Esta labor le permitió acercarse por primera vez a un oficio que más adelante se convertiría en su vida y pasión: la fotografía.
Los primeros pasos de Saúl Orduz en la fotografía empezaron en el laboratorio de Avianca donde el encargado del sitio le enseño las técnicas de revelado, ampliación y fotomuralismo. La técnica de la fotografía aérea que esta presente en la mayoría de su archivo, la aprendió con fotógrafos alemanes y norteamericanos.
La obra de Saúl Orduz es una memoria visual que permite viajar a través de los diferentes cambios y escenarios que constituyen la ciudad.  

Fuente:  Banco de Imágenes del Museo de Desarrollo Urbano, 2008 

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El tiempo atrapado en el lente

Saúl Orduz fue fotógrafo y también fotografiado. Se lo ve, en una instantánea de los años 40 o 50, delante de un carro blanco de su propiedad, reparando en la mirilla de su cámara. No medirá más de un metro con sesenta, tiene el pelo echado hacia atrás y viste de paño. Un caballero de época. Pero el detalle no está sólo en su vestimenta o el auto. Está en lo que lo rodea. Delante de él, un hombre de sombrero desgastado mira a la cámara, cubriendo a una mujer de vestido de cuello cerrado, sentados en el pasto. Detrás, a lo lejos, hay un hombre de medias blancas, también de paño, caminando por una acera delgada y limpia. Más al fondo, a la derecha, está la plaza de Santamaría, igual que hoy, igual que ayer. Hay algunos árboles, una mujer caminando, un corro de damas platicando. También un aviso de Icollantas y debajo su lema: Duran más que las demás".

Los detalles son muchos, claro, pero el más importante es que en aquella foto Orduz está en el mismo espacio que retrata. Es el fotógrafo acompañado de su escena. La escena que con miles de rollos fotográficos descubrió.

Saúl Orduz, hijo de Roque Orduz y Bernarda Vega, nació el 22 de mayo de 1922 en Sogamoso. A los trece años, y como había poco que hacer en el pueblo, largó para Bogotá. Se empleó sin un cargo fijo —haciendo esto, haciendo aquello, de todo un poco— en Avianca y la entonces Scadta, empresas que apenas nacían como aerolíneas en el país y cuyas oficinas él retrató por esos años. Allí, pues, principió su encuentro con la fotografía, cuando entraba a los laboratorios de la empresa, por curiosidad.

Y así, curioso, encontró lo que lo definiría en la vida. Encontró los rollos y las cajas de revelado, los químicos, la oscuridad del laboratorio. Encontró, además, el cielo, el aire, y la cámara puesta desde allí cuando, por ese tiempo, cambió de labor y devino en miembro de la Fairchild Aerial Survey, una empresa de aerofotografía. Orduz montaba en una avioneta que recorría la ciudad y, cumpliendo con sus horas de vuelo como cualquier piloto, fotografiaba la metrópoli en crecimiento. Se entrenaba, al mismo tiempo, en las técnicas de laboratorio, repasaba lo ya aprendido y lo perfeccionaba. Bogotá era, en los años 40, una ciudad que apenas se plagaba de edificios y construcciones amplias. Seguía siendo, en cierto sentido, la ciudad de los años 20: llena de cafetines, hombres de inamovible sombrero y ruana o vestido elegante, según fuera el caso.

Orduz era un caso extraordinario. ¿Quién tenía la oportunidad de tomar fotos desde el aire? Ni siquiera Manuel H. o Sady González lo habían hecho; ellos eran fotógrafos que esbozaban la metamorfosis de Bogotá con los pies en la tierra, no en el aire. Esa fue, sin embargo, la especialidad que llevó a que el trabajo de Orduz fuera reconocido, aunque de manera tardía. ¿Por qué? En principio, estos trabajos parecían hechos para la fugacidad, para el registro de la vida diaria, quizá —en el caso de Orduz— para servir a la cartografía de alguna empresa privada. Luego, tres o cuatro décadas después, el trabajo de estos fotógrafos empíricos resultó de gran calidad no sólo por los medios que utilizaron, sino también por la memoria que contenían. No eran sólo fotografías; eran hombres y mujeres que ya tal vez habían muerto, lugares que habían desaparecido, sitios entonces bellos y ahora reducidos a basura. Eran recuerdos. Era el tiempo atrapado en la lente.

‘‘Mira, qué buena imagen, aquí está la foto, qué bonito esto, qué interesante", solía decir Orduz al encontrar el ángulo y el retrato que deseaba. Salía de su casa, día a día, cámara en mano. Eso recuerda una de sus hijas, Pilar Orduz. Recuerda también que era su modo de vida, que capturar momentos y espacios era su esencia.

Orduz continuó con la fotografía aérea, pero allí no se estancó su labor. Fotografió a los personajes que llegaron a la ciudad, a María Félix, a Agustín Lara, también a Rojas Pinilla y a Virgilio Barco, fotografió la Avenida Jiménez plena de sombreros, la Plaza de Bolívar, los conciertos en la Santamaría.

Tras su paso por la empresa extranjera, llegó al Banco de la República como fotógrafo de planta —según testimonia Juan Carlos Vela en El Nuevo Bogotano—, donde tuvo acceso a la Imprenta de Billetes, y de allí saltó al Acueducto. Así registró la apertura de las represas que rodean la ciudad y la construcción de Chingaza, Chivor yGuavio.

Pero luego vino el olvido, como suele suceder. Murió el 5 de junio de 2010, a los 88 años. No se pensionó y vivió —cuenta Vela— de la mesada de uno de sus seis hijos. El Museo de Bogotá adquirió por $18 millones su obra, que luego publicó en un libro. Vela dice que había un presupuesto de $100 millones para pagarle, pero sólo le entregaron 18. La negociación final fue de $25 millones, quizá poco para tanta memoria.

Orduz decía que no era bueno cobrando.

Tomado del periódico El Espectador, 5 de abril de 2013 

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